17 de febrero de 2011

La ilusión de la calidad (Primera parte), por Pedro Flores-Crespo*

Alguien podría afirmar fundadamente que el subsistema de educación superior, en su conjunto, ha mejorado considerablemente en los pasados diez o 20 años? ¿Será verdad que la mayoría de las universidades públicas y privadas de México ahora forman seres humanos más críticos, capaces y sensibles? ¿Con base en qué información —usted, amable lector— me podría recomendar que envíe a mi hijo a una determinada institución de educación superior y no a otra? Responder a estas preguntas es difícil y voy a tratar de explicar por qué.

A diferencia de la educación básica, en la educación superior de México seguimos enfrentando grandes vacíos de información sobre la calidad global del nivel universitario. Solamente basta echarle un ojo al Cuarto Informe de Labores de la Secretaria de Educación Pública (SEP) para corroborar que los datos sobre reprobación, deserción y eficiencia terminal son inexistentes. Quizá tendremos que esperar a que otro ex funcionario de la Subsecretaría de Educación Superior (SES) escriba sus reflexiones para conocer esos datos que deberían ser abiertos al público en todo momento.

En términos de logro académico, tampoco tenemos información abierta para hacer juicios certeros sobre la calidad académica de nuestras universidades. Una buena base de información serían los resultados de los Exámenes Generales de Egreso de la Licenciatura (EGEL) que diseña y aplica el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (Ceneval); sin embargo, no todos los egresados universitarios presentan los EGEL y, además, la información puede resguardarse confidencialmente de acuerdo con el criterio de cada universidad. Desafortunadamente, el resguardo confidencial es generalizado. A pocas universidades les interesaría dar a conocer los resultados de sus EGEL, mucho menos cuando se acercan los tiempos del cabildeo por el presupuesto.

Pero regresando al punto: es frustrante que en la parte de la calidad de la educación superior del Cuarto Informe de Labores de la SEP no se presenten, como ya dije, indicadores básicos de desempeño del nivel universitario por cada subsistema. ¿Iremos en el camino correcto para lograr que, en 2012, siete de cada diez jóvenes terminen sus estudios universitarios en el tiempo establecido, tal como plantea el Programa Sectorial de Educación 2007-2012? El Cuarto Informe…, en cambio, se concentra en repasar avances de los programas sobre actualización en los planes de estudio, mejoramiento del profesorado, cooperación académica y tecnologías de la información. Todos estos programas, importantes como son, no tienen un horizonte de llegada que sea claro y explícito. Es obvio que están orientados a mejorar la calidad, pero entendida ésta como la mera adquisición o mejora de insumos e infraestructura. Hace falta entonces un referente normativo de calidad más amplio que incorpore indicadores de logro académico.

¿Sirve todo eso que repasa la SEP para mejorar sustancialmente el aprendizaje? ¿En dónde está la evidencia? Responder a estas preguntas es necesario para justificar, de mejor manera, la introducción de nuevos enfoques de aprendizaje (e.g. competencias), renovación de planes de estudios, enviar a los profesores al doctorado o contraer contratos multianuales para ofrecer internet? De lo contrario, parece que sólo nos guía una ilusión.

Es sintomático, además, que el Cuarto Informe de Labores no haga alusión alguna sobre la necesidad de crear un sistema integrado de evaluación que corrija las fallas de los actuales esquemas de certificación profesional y acreditación de programas e instituciones. A pesar del esfuerzo realizado por el Ceneval y de los recursos públicos invertidos en los Comités Interinstitucionales para la Evaluación de la Educación Superior (CIEES) y en el Consejo para la Acreditación de la Educación Superior (Copaes), persisten los problemas para saber cómo avanzar firmemente en el aseguramiento de la calidad universitaria.

En 2008, la Comisión Especial Interinstitucional, designada por el Consejo Nacional de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), elaboró un documento que presentaba un certero diagnóstico de los procesos de evaluación actuales para la educación superior1. Uno de los puntos más sobresaliente de este documento fue destacar la separación entre los ejercicios de evaluación y la calidad, entendida esta última como una elevación sostenida del logro académico.

El documento de la ANUIES afirmaba que no había “evidencia confiable” para asegurar que las evaluaciones prácticas realizadas por los CIEES contribuían a mejorar el aprendizaje de los alumnos. Pese a esta observación hecha hace tres años, seguimos ubicados en el “frenesí evaluador” sin preocuparnos por la mejora real de nuestras instituciones, como bien observa Rollin Kent (Campus 400).

Por si esto fuera poco, hay indicios de que los organismos afiliados al Copaes han desvirtuado los ejercicios de evaluación para convertirlos en negocio de los gremios profesionales. Curioso, en plena sociedad del conocimiento y seguimos cultivando el prestigio de nuestras universidades con base en la opacidad, criterios subjetivos y evidencia rudimentaria. Todo en pos de una ilusión.

Pero abrazar vehementemente la ilusión de la calidad genera consecuencias perjudiciales que

ya empezamos a pagar en el sistema de educación superior de México. Sobre este punto, y sobre cómo podríamos salir del problema, hablaré en la próxima entrega.


Notas

1. ANUIES, 2008. Evaluación, certificación y acreditación en la educación superior de México. Hacia la integración del subsistema para evaluar la educación superior (SEES).


* IEE-York/UIA.

Originalmente publicado en: http://www.campusmilenio.com.mx/403/textos/opinion_pedro_flores.html

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