25 de febrero de 2011

La ilusión de la calidad (Segunda parte), por Pedro Flores-Crespo*

En la pasada entrega sostuve que por extraordinario que parezca, en México no contamos con evidencia sólida para afirmar que nuestras universidades están funcionando mejor que hace diez ó 20 años. Se ha asumido que al decretar el cambio en los planes de estudios, la elevación de escolaridad de los profesores y la mejora de la infraestructura, se puede aprender más; cuestión que posiblemente sea cierta pero que requiere ser demostrada para poder ser congruentes con el perfil deseable de cualquier universitario.

Entre los rankings y el negocio

Por la carencia de información objetiva, hemos abrazado la calidad de la educación superior más como una ilusión que como una exigencia personal e institucional concreta y claramente dirigida. Esto es perjudicial por varias razones. Primero, para quienes les gusta vivir del prestigio heredado, no tener información objetiva puede resultar cómodo y hasta conveniente; pero para una sociedad abierta, que aspira a ser democrática y que por ende, requiere mayor información para cuestionar públicamente y tomar decisiones informadas sobre el mejor lugar para estudiar, es perjudicial. Andar en pos de la calidad como ilusión nos hace perseguir fantasmas, imágenes que sólo existen en la mente de algunos cuantos.

La calidad tendrá entonces que concretarse de una manera clara y objetiva para evitar regodearnos con los mentados rankings, los premios provenientes del “planeta patito”[1] o con el mero apretón de manos del secretario de Educación Pública cuando entrega los certificados por haber registrado a una alta proporción de estudiantes en programas de “buena calidad”, según Ciees y Copaes, que como ya dijimos, requieren revisar a fondo sus conductas, criterios y metodologías de evaluación. Todo esto es una ilusión, no nos engañemos.

Crítica al concepto de calidad

Para dejar que la calidad deje de ser una ilusión y se concrete, necesitamos un referente normativo claro sobre las finalidades de la educación superior. ¿Para qué debe servir la educación superior en un país como México? Responder de manera puntual a esta pregunta es clave para definir un concepto de calidad que complemente lo estipulado en el Artículo 3º Constitucional y sobre todo, que pueda ser medible y monitoreado a través del tiempo.

Esta pregunta ha tratado de ser respondida por diversos especialistas y grupos y en especial, por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) que en 2006 expresaba que por calidad “se entiende la eficiencia en los procesos, la eficacia en los resultados y la congruencia y relevancia de estos procesos y resultados con las expectativas y demandas sociales”. La ANUIES agregaba que “[l]a calidad no puede entenderse desligada de la pertinencia, es decir, de la responsabilidad social como valor que sustenta a la educación superior”, la cual se expresa en su permanente compromiso con el “desarrollo nacional y el bienestar de la población”.

Como todo concepto, la noción de calidad de la ANUIES es disputable y presenta problemas. Mencionaré por lo menos dos fallas. El primero es la noción de calidad de ANUIES deja fuera a la equidad y ésta, como bien han observado los investigadores, el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) y Observatorio Ciudadano de la Educación (OCE), no puede concebirse separada de la calidad. No puede ser de calidad una educación que genera y acentúa las desigualdades.

Integrar entonces la equidad al concepto de calidad es imprescindible para poder valorar de manera más justa los avances registrados por los distintos subsistemas de educación superior de México. Saber qué tipo de universidades está incorporando a una mayor proporción de jóvenes provenientes de escasos recursos y sobre todo, corroborar si lo hace bajo las condiciones pedagógicas e institucionales óptimas para que ese joven pueda tener la oportunidad de aprender al parejo de cualquier joven que asista a alguna otra institución educativa de “prestigio”, es clave para valorar la calidad de nuestras universidades. Al decir esto, es claro que no nos conformamos con abrir planteles por doquiera ni otorgar becas generosamente, se requiere también modificar los arreglos pedagógico-institucionales de las universidades para alcanzar la equidad. ¿O es que acaso no nos dice nada que del total de la población con discapacidad, únicamente 0.2 y 0.3 por ciento de mujeres y hombres, respectivamente, alcanzaron estudios de posgrado?[2]

Una segunda falla del concepto de calidad de la ANUIES es el traslape entre el significado de relevancia y pertinencia y su vaguedad al hablar de “responsabilidad social”. Para corregir el traslape, se puede recurrir a la propuesta de Carlos Muñoz Izquierdo quien asegura que para que la educación superior sea “pedagógicamente eficaz, socialmente incluyente y económicamente eficiente” debe ser, en primera instancia, “axiológicamente relevante y culturalmente pertinente” (Campus 400, 27.01.11). En la posición de Muñoz Izquierdo advierto ventajas y limitaciones que comentaré con usted la próxima semana.



* IEE-York/INIDE/UIA pedroa.flores@uia.mx

[1] Retomo estos términos de Roberto Rodríguez; ver Campus 290 (25.09.08).

[2] Estos datos son para 2000. Conapred, s/f Documento informativo sobre la situación de las personas con discapacidad en México, México.

Originalmente publicado en: http://www.campusmilenio.com.mx

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