25 de marzo de 2011

Donaciones peligrosas de Gadafi, por Pedro Flores-Crespo*

1.5 millones de libras esterlinas

Existen relaciones riesgosas provocadas por aportaciones cuantiosas del hijo del mandatario libio que, en el caso de la London School of Economics and Political Science, han dado lugar a una renuncia decorosa, la del director de esta institución, sir Howard Davies, pero el escándalo ha alcanzado a personajes como sir Anthony Giddens, ex director de LSE; Francis Fukuyama, de Stanford, y Robert Putman, de Harvard

Por haber aceptado una donación de 1.5 millones de libras esterlinas (30 millones de pesos, aproximadamente) de la Gadafi International Charity and Development Foundation (GICDF), sir Howard Davies renunció a la dirección de la London School of Economics and Political Science (LSE). ¿Había alguna instancia de control o auditoría estatal que se lo exigiera? No; aparentemente Davies dejó el puesto por un simple ejercicio de conciencia. Su carta de salida fue pública y directa: “soy responsable de la reputación de esta universidad y ésta se ha visto afectada” por los recientes acontecimientos ocurridos en Libia (The Guardian, 03/03/11).

En palabras que sonarían raras para la usanza mexicana, sir Davies reconoció su error. “Fue un mal juicio haber aceptado la invitación del gobierno británico para ser emisario en asuntos económicos en Libia, así como de aceptar la invitación de ese país africano para asesorar el Fondo de Riqueza del Soberano (Sovereign Wealth Fund)”.

Davies también aclara que la donación de la GICDF, dependiente de Saif Gadafi, hijo del coronel Muamar Gadafi, fue utilizada para apoyar labores de la sociedad civil en África del Norte, la cual, seguramente tendrá algún valor en el futuro. Además, los programas de capacitación a funcionarios libios, asegura Davies, probarán su utilidad por haber mejorado las habilidades prácticas de mucha gente, que va a ser requerida por cualquier régimen que suceda al actual.

Aunque todo esto sea plausible, recapacita Davies, lo ocurrido en Libia produjo consecuencias desafortunadas y “yo debo tomar responsabilidad por ello”. En un momento, prosigue Davies, “me pareció razonable aceptar el dinero, pero ahora esto se convirtió en un error”. Así como reconoce su mal proceder, sir Davies es enfático y niega que haya habido algún indicio de corrupción: “no tengo nada de que avergonzarme de ese trabajo que fue modesto, honorario y en su oportunidad, revelado en su totalidad”.

Pero aún hay más. Antes de realizar la generosa donación, Sair Gadaffi estuvo matriculado como estudiante de posgrado en la LSE y obtuvo su doctorado en 2008 con una tesis cuyo objetivo era analizar cómo crear organizaciones de gobierno en el ámbito global más “justas y democráticas” a partir del papel desempeñado por la sociedad civil (la tesis in extenso puede consultarse en http://bit.ly/hKGpY5).

Al haber donado, en 2009, una fuerte cantidad de dinero a la universidad que lo doctoró, Gadafi junior y la LSE atrajeron suspicacias. Ahora, la prestigiada institución londinense no sólo se quedó sin director, sino que le ronda una investigación para desechar acusaciones de haber concedido el grado de doctor indebidamente. Adicionalmente, la tesis del político libio es cuestionada por una inadmisible práctica: plagio.

Meghnad Desai, prominente economista de la LSE y revisor externo de la tesis de Gadafi, señala que ni el supervisor de Gadafi ni nadie le avisaron de esto (The Guardian, 05/03/11). Ante tal defensa, varios lectores le recordaron a lord Desai que ésa era precisamente su chamba: como especialista en el campo, debió verificar que la tesis fuera original y que cumpliera con las normas académicas mínimas.

Para rematar, Gadafi junior agradece en su tesis a varias personas de la consultora estadunidense Monitor Group que le ayudaron a recopilar información con las organizaciones de la sociedad civil y así dar evidencia empírica de su trabajo. Por medio de filtraciones, se supo que el Monitor Group, fundado por Michael Porter, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, recibió, en 2006, dos millones de libras del gobierno libio para iniciar una campaña con el propósito de limpiar la imagen del régimen de Gadafi. Entre las acciones que la consultora proponía estaba identificar periodistas, académicos y pensadores contemporáneos para invitarlos a que visitaran al gobernante libio, que sostuvieran entrevistas con él y luego escribieran y publicaran artículos sobre el “nuevo” régimen que se estaba gestando en África del Norte (nota de Syal y Vasagar en The Guardian, 05/03/11).

Con este esquema, visitaron Libia sir Anthony Giddens (ex director de LSE), Francis Fukuyama (Stanford) y Robert Putman (Harvard), quienes, presumiblemente, recibieron un pago por sus servicios, aunque no se sabe de cuánto, pues Giddens, el eminente sociólogo, declinó declarar al respecto. El autor de La tercera víaaclaró que sus visitas ocurrieron en un tiempo (2006) en que Gadafi parecía estar tomando la ruta correcta, pues había renunciado al programa de armas nucleares y parecía decidido a abrir su país al mundo. Ahora, las acciones de Gadafi, rectifica Giddens, son absolutamente horrendas y dice que las condena por completo (nota de Syal y Vasagar en The Guardian, 05/03/11).

Gracias al episodio en la LSE, varios académicos y comentaristas han aprovechado la oportunidad para enfatizar la necesidad de fortalecer el financiamiento público a las universidades, pues al restringirles fondos éstas se ven en la necesidad de buscar fuentes alternas de financiamiento y esto puede ser contraproducente.

Este argumento llega a tiempo en Inglaterra ante la controversial alza de cuotas en 2012 y los recortes en todos los servicios públicos que ha propuesto la coalición gobernante. No obstante, vale la pena también recordar que las universidades no son entes inconscientes; operan y se desarrollan gracias a las decisiones de sus rectores y comunidades. Claramente, hay capacidad y autonomía para decidir qué fuentes de financiamiento privado aceptar.

En este sentido, Howard Davies cometió un error, pero, como también destacó la prensa, puso un alto estándar de integridad al renunciar, pues ningún otro líder académico, empresario o político ha seguido su ejemplo cuando se comprobó que los Gadafi no han cambiado y que el uso de la fuerza es característico de su forma de “gobernar”.


* Investigador IEE-York | INIDE-UIA.
Originalmente publicado en: Campus Milenio. 25/03/11. Foto original: Revista TIME

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