28 de abril de 2011

UACM: de la utopía al autoritarismo, por Pedro Flores-Crespo*

En teoría, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México es un proyecto educativo valioso. Frente a la política inamovible —una más— del gobierno federal de privilegiar la creación de instituciones con orientación técnica, la UACM se atrevió a poner en el centro de sus actividades a las humanidades y a la ciencia. Contrario a visiones estrechas y al cálculo de abrir sólo carreras comerciales, en la universidad capitalina se echó a andar la imaginación para ofrecer licenciaturas con contenidos innovadores como Arte, Administración Urbana, Creación Literaria, Historia de las Ideas, Ingeniería en Transporte Urbano y maestrías en Educación Ambiental y Ciencias Genómicas.

La filosofía que motivó la creación de la UACM marcó una diferencia con la racionalidad modernizadora de la educación que se enfoca primordialmente a preparar personal para ocupar un empleo, como si la educación sirviera solamente para fines pragmáticos o económicos. Por representar un proyecto humanístico y alternativo, muchos tuvimos la esperanza de verlo florecer sin que esto significara hacer caso omiso a las fallas que se vislumbraron desde su diseño.
A pesar de la simpatía que causó la UACM, no se podía dejar de cuestionar si, por ejemplo, el mecanismo de ingreso a la universidad basado en el sorteo de lugares en lugar de un esquema cimentado en el mérito académico, era lo más apropiado. ¿Por medio del azar se puede construir una universidad que ofrezca al joven proveniente de los sectores más marginados la posibilidad de formar parte de las élites que nuestra democracia requiere? ¿O es que el propósito de la UACM no es formar élites de intelectuales, científicos y humanistas?

Idear artilugios para responder negativamente a esta última pregunta es hacerse tonto. El problema no es ser parte de la élite, sino que más jóvenes, independiente de su clase social y nivel económico tengan esa posibilidad.

Los malos resultados y el conflicto de la UACM empiezan, inevitablemente, a confrontar nuestras esperanzas de cambio. Los acontecimientos recientes en la institución capitalina prenden focos rojos sobre la viabilidad de los proyectos educativos alternos. Si una institución de educación superior no logra que sus estudiantes concluyan exitosamente sus estudios en el tiempo estipulado, como lo reconoció pública y abiertamente la rectora Esther Orozco, significa que algo interno de la universidad no funciona bien.

Uno de los sectores más perjudicados por esta situación no son ni los políticos ni los periódicos como La Jornada, sino los propios estudiantes y sus familias que invierten recursos para que sus hijos vayan a la universidad y aprovechen al máximo su paso por ésta. Por ello, hay que corregir el camino.

Tener una licenciatura trunca —aun cuando sea muy innovadora— expone a los individuos a riesgos de exclusión académica, social y económica. Esta falla no es culpa exclusiva de los fundadores, de la rectora, de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, o del neoliberalismo, sino de la manera como opera la propia institución.

Una deficiente selección de estudiantes, procesos pedagógicos poco pertinentes, falta de esquemas de nivelación académica, reglamentación rígida y la sobreideologización que frena el diálogo y el cambio razonado podrían estar explicando la baja eficacia del modelo de la UACM.

Pero la eficacia es sólo una parte de la calidad. Si se quiere hacer un juicio global del funcionamiento de la UACM, habrá que ampliar la base de información y valorar si la institución en verdad está incorporando a jóvenes que de otra forma no hubieran tenido la oportunidad de estudiar (equidad); que los esté formando mediante procesos acorde con sus necesidades sin relajar la exigencia académica (pertinencia); que su oferta académica responda a las demandas democráticas, sociales y económicas de México (relevancia), y utilice sus recursos apropiadamente para cumplir con sus fines (eficiencia).

La pregunta es si la comunidad de la UACM es consciente de ello y mayoría para ganarle la batalla a quienes piensan que tal concepto multidimensional —y generalmente consensuado— de la calidad es sólo un engendro del neoliberalismo.

Advierto que el futuro no es alentador. Con cierta decepción leímos que el Consejo Universitario de la UACM exigió a Esther Orozco retirar el pronunciamiento donde de forma valiente señalaban públicamente las fallas de su institución.

Parece que el compromiso con la transparencia y rendición de cuentas les es ajeno a los ultras que, además, nos recordaron a otras burocracias autoritarias como la del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), que dice ofenderse cuando se publican los resultados de evaluación de los maestros, o la de la Secretaría de Educación Pública (SEP), que en el ocaso del priísmo (1995) ocultó las resultados de las evaluaciones sobre aprendizaje para no “generar mayores problemas”. Con opacidad, gritos y lamentos raramente se convence a la sociedad de que una opción educativa es de calidad, mucho menos humanística.

Tiene razón mi amigo Roberto Rodríguez (Campus 411) cuando afirma que no sabemos dónde va a parar el conflicto de la UACM. De seguro, seguiremos comentado al respecto. Como parte de este diálogo, se debe discutir por qué algunos proyectos educativos alternos pasan rápidamente de la utopía a mostrar su lado autoritario y a ser imprácticos.

* IEE-York/INIDE-UIA.
pedroa.flores@uia.mx

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