19 de mayo de 2011

El futuro de las humanidades, por Pedro Flores-Crespo*

Las Casas del Parlamento británico fueron el escenario para anunciar el movimiento en favor de las humanidades, el cual se propone impulsar y defender la enseñanza y la investigación en las áreas relacionadas con el arte, las humanidades y las ciencias sociales en Reino Unido (http://humanitiesmatter.com). El anfitrión de ese encuentro fue Tristam Hunt, un miembro del Parlamento, egresado del Trinity College de Cambridge, militante del partido laborista, historiador, periodista y autor de diversos libros, entre los que se encuentra uno sobre la vida de Friedrich Engels en su faceta revolucionaria.

En exclusiva para Campus, la profesora Nicola Miller, dirigente de dicho movimiento, afirmó que al acto de inauguración acudieron cerca de 100 miembros del Parlamento, académicos, gente de negocios y periodistas, quienes escucharon distintos argumentos sobre la importancia de las humanidades en la configuración de la vida universitaria y, sobre todo, en nuestra vida diaria. Pero, ¿a qué responde tal movimiento? ¿Qué le dio origen? Como ocurre generalmente en cualquier país democrático, la entrada de un nuevo gobierno no sólo implica un cambio de personas en los cargos públicos, sino también un cambio de ideas y creencias que le imprimen una orientación distinta a las acciones gubernamentales. Cada partido o facción política tiene sus propias creencias que busca convertir en políticas antes de que sus oponentes lo hagan (Paul A. Sabatier).

Pues bien, la campaña en favor del arte, las humanidades y las ciencias sociales respondió a este cambiante escenario. En 2010, Reino Unido testificó el reemplazo del gobierno laborista por la coalición conservadora-demócrata liberal y con ello aparecieron distintas creencias y propuestas sobre cómo resolver los problemas. Frente a los efectos de la crisis financiera global y un déficit público a cuestas, el actual gobierno británico propuso que el “cambio venga desde abajo, porque sabemos que el Estado es frecuentemente demasiado inhumano, monolítico y poco ágil para resolver nuestros problemas sociales más profundos”, afirmó David Cameron, primer ministro.

Esas creencias se tradujeron, entre otras cosas, en recortes al financiamiento de los servicios públicos, con lo que se espera elevar su eficiencia, caminar hacia la estabilidad y, finalmente, construir el proyecto nacional llamado Gran Sociedad (Big Society). Ante tal escenario, la reacción académica y la movilización política no se hicieron esperar. La profesora Miller reconoce que los recortes propuestos por la coalición gobernante en el gasto público y el alza de cuotas en las universidades en 2012 fueron los detonantes para que un grupo de académicos interesados en las humanidades idearan dicha campaña, la cual no sólo buscará encerrarse dentro de las puertas de la universidad, sino también introducirse en otros sectores como las empresas, medios de comunicación, escuelas y áreas médicas.

Para la profesora de historia latinoamericana del University College London, los recortes ponen en riesgo cualquier área de especialización pero, asegura Miller, las ciencias exactas parecen estar recibiendo una protección mayor a la que reciben las humanidades. Y es que no debemos olvidar, recuerda Miller, que desde la década de los ochenta ha existido la Campaña por la Ciencias y la Ingeniería que ha tenido éxito gracias al impulso dado por los científicos duros.

Pero, ¿será verdad que las humanidades están amenazadas o sólo se está hablando desde el deseo de conservar el nicho de confort o con el interés de entorpecer el trabajo del gobierno? La amenaza sobre las humanidades es real y las implicaciones, dignas de preocupación. El gobierno de Cameron buscó hacer algunas “clarificaciones” al principio Haldane que ha regido por casi un siglo la investigación en este país. Este principio otorga a los académicos británicos —y no a los políticos— el derecho de decidir en qué proyectos gastar los fondos destinados a la investigación. Ahora el Consejo de Investigación para las Artes y las Humanidades estipula que gastará una cantidad “significativa” de dinero en todo lo relacionado con el proyecto nacional de Cameron (Big Society, nota de Daniel Boffey, The Guardian, 27/03/11).

Por otra parte, un caso digno de comentarse es el de la London Metropolitan University (LMU). La LMU es una institución con un perfil internacional notable, pues de sus 28 mil estudiantes, una cuarta parte son internacionales. Además, en algún momento esta universidad quiso remar contra la corriente y se opuso a participar en los rankings del periódico Times con el argumento de que es el gobierno y no los periódicos los que deben calificar a las universidades. Esta notable posición se vio oscurecida cuando se supo que falseó información sobre las tasas de terminación de los estudiantes, lo que trajo como consecuencia que ahora la LMU debe regresar 30 millones de libras (aproximadamente 600 millones de pesos) al Consejo de Financiamiento para la Educación Superior (HEFC, nota de Harriet Swain, The Guardian, 03/05/11).

Frente a la restricción de fondos, la LMU comprimirá, a partir de septiembre de 2012, sus cursos de 577 a 160 y las áreas sacrificadas serán Historia, Filosofía, Estudios Caribeños, Teatro, Actuación, Estudios Sindicales, Danza y Multimedia. El rector de la LMU, Malcom Gillies, músico y experto en estudio clásicos, afirma que si su institución no hubiera revisado su oferta de cursos y revalorado su función, la LMU estaría en riesgo. Cliff Snaith, representante sindical de la LMU, se opone a la visión oficial y abre un importante punto de discusión. Si los estudiantes que asisten a esta universidad londinense provienen mayoritariamente de clases sociales y grupos étnicos en desventaja, la supresión de los cursos con orientación humanística en la LMU representa un ataque a la oportunidad de inscribirse en cursos o programas no vocacionales.

De toda esta historia se extraen importantes lecciones. En primer lugar, es importante notar que hay parlamentarios preocupados por el enfoque educativo del país; segundo, que los cambios de gobierno sí implican políticas diferenciadas, no todos los políticos son lo mismo y los ciudadanos deberíamos informarnos bien qué ofrece cada partido para decidir nuestro voto; tercero, defender las humanidades es un asunto complejo cuando la casa se desordena —como en el caso de la LMU—; cuarto y último, que la movilización política dirigida por prestigiados académicos no divide el mundo universitario, al contrario, puede tener resultados positivos.

Según Nicola Miller, la aparición de Humanities Matter ha coincidido con el cambio de retórica del ministro de educación superior británico, David Willetts, quien ahora parece otorgarle un lugar central a las humanidades y a las ciencias sociales en el desarrollo económico y social del país.


* Académico e Investigador del INIDE/UIA Ciudad de México

Originalmente publicado en Campus Milenio

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