5 de mayo de 2011

¿Es el arte superior a la ciencia?, por Pedro Flores-Crespo*

Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme
Juan Gabriel

Al participar en la campaña en favor de las humanidades en Inglaterra, John Martin, director del Centro de Biología Cardiovascular del University College London, hizo una declaración poco usual para un investigador que ha registrado 53 patentes y fundado una empresa de biotecnología. “No soy muy buen científico, mi éxito se debe a haber estudiado filosofía antes de prepararme como médico” (THES 1,990). El modesto académico declaró que la ciencia médica en ocasiones promueve la idea que los seres humanos son sólo “máquinas moleculares”, sin reparar que tenemos alma; de ahí que las humanidades tengan sentido.

Según Martin, como cardiólogo enseña a sus estudiantes a curar los corazones de los pacientes para que éstos puedan realizarse disfrutando el arte, la literatura y la música. Luego fue a fondo con su exposición y con seguridad dijo: “si Einstein no hubiera escrito su famosa fórmula (E=mc2) otro científico lo hubiera hecho, pero nadie más que Beethoven pudo haber escrito la Novena sinfonía”.

La visión del profesor Martin sobre la importancia de las humanidades en la formación universitaria es central y ojalá tuviera eco en países como México, cuya oferta educativa en el nivel superior se ha concentrado en ofrecer carreras con orientación técnica, subvaluando a las humanidades. Pero mientras el mensaje político llega a oídos de rectores, funcionarios, jóvenes y sus familias, es importante discutir si realmente el arte es superior a la ciencia, como parece sugerir el profesor Martin con su ejemplo sobre Einstein y Beethoven.

¿Qué tiene uno que no tiene otro? ¿Es que acaso conmover por medio de la música es mucho más complejo y, por lo tanto, superior al hecho de sorprendernos con alguna teoría?

Responder a estas preguntas no es fácil y no se puede proceder de modo conclusivo. Pese a ello, diría que asumir que una creación humana tan grande como el arte sobrepasa a otra de igual magnitud como la ciencia, puede regresarnos a debates ya superados como aquel que postuló la división entre el sentimiento y la razón. En este sentido, ya algunos poetas mexicanos nos corrigieron: “no sólo se conoce por medio del pensamiento, sino también a través de los sentidos”.

Declarar la supremacía del arte sobre la ciencia también puede orillarnos a hacer simplificaciones inútiles, a debilitar nuestra capacidad de asombro y a empobrecer nuestras valoraciones sobre la acción y la creatividad humana. Einstein no sólo era un genio que trabajaba con el espacio-tiempo, también vivía las humanidades plenamente al grado de que al escuchar al virtuoso violinista Yehudi Menuhin expresó: “ahora sé que hay un dios en el cielo”.

¿Y no es Leonardo da Vinci la personificación misma de esa profunda relación entre ciencia y arte? ¿No será que ambas expresiones humanas actúan de un modo más constante y horizontal de lo que comúnmente se piensa? ¿El arte y la ciencia se parecen tanto que no pueden engañarnos? Pues ya Gino Severini, pintor futurista, sentenció: el arte no es más que ciencia humanizada.

Es en la literatura donde constantemente encuentro que el escritor habla —quizá sin querer, pero con un sentido agudo y claro— de los problemas que a muchos académicos nos preocupan, como la identidad, la libertad o la cultura. Al hacerlo de modo sereno y libremente, confrontan y complementan nuestras teorías. Por nombrar algunos escritores, mencionaría aquí a Claudio Magris (Trieste, 1939), quien en su texto Microcosmos llega a tal punto de intelección de la vida social que bien podría delinear apuntes para una cátedra académica sobre teoría social, identidad y multiculturalismo. “Si la identidad es el producto de un querer, es la negación de sí misma, porque es el gesto de uno que quiere ser algo que evidentemente no es y, por lo tanto, quiere ser distinto de sí mismo, desnaturalizarse, mestizare”. Ese querer ser distinto refleja la acción individual que muchas teorías económicas, sociales o políticas comúnmente utilizan para fundamentar sus principios.

Y para hablar de la cultura, quién mejor que Carlos Monsiváis, a quien en la contraportada del libro Aires de familia lo presentan como uno de los “investigadores” que conoce más a fondo la cultura popular. (¿Se imagina usted al buen Monsi armando su expediente para el Conacyt?) En ese libro, Monsiváis ofrece, con su sensible mirada, algunas definiciones que cualquier antropólogo o científico social agradecerían: “… el Pueblo es aquello que no puede evitar serlo, la suma de multitudes sin futuro concebible, el acervo de sentimentalismo…”.

Igualmente, a los psicólogos seguidores de Jean Piaget, quien ha explicado los cambios y etapas del desarrollo psicológico de las personas, les podría interesar leer que, según Monsi, en la década de los sesenta la juventud no fue ya la “antesala de la condición adulta, sino lo opuesto”, debido a la necesidad de los jóvenes de cambiar, de oponerse a los cánones establecidos y de mostrar que poseen la libertad de expresarse sin tener que esperar a que les llegue la adultez.

Si la ciencia y el arte se interrelacionan más de lo que suponemos, tenemos enfrente la gran oportunidad de apreciar la realidad más sabiamente, de debatir los problemas con mayor profundidad y, sobre todo, de hacer del aprendizaje universitario algo sumamente divertido y enriquecedor.


* IEE/York-UIA.
pedroa.flores@uia.mx

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