31 de mayo de 2011

UACM: rectificaciones, por Pedro Flores-Crespo*

A Alessandro

Algunos lectores me escribieron a raíz de mi artículo “UACM: de la utopía al autoritarismo” (Campus 412). Sus observaciones y divergencias con mis puntos de vista me hacen volver al tema de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

En las reacciones de los lectores identifico dos grandes rubros. El primero se relaciona con la valoración que hago sobre la UACM. El reclamo es claro: “infórmate mejor antes de opinar”. Los atentos lectores me proponen considerar que la universidad capitalina hace cosas relevantes que no están debidamente capturadas en la información oficial. Por ejemplo, aseguran que los proyectos de extensión universitaria de la universidad capitalina son valiosos y que sus egresados han ganando premios y tienen presencia internacional. Según ellos, los graduados uacmitas obtienen empleo en las cámaras de Senadores, de Diputados, en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y en el Instituto Federal Electora (IFE).

El segundo punto es sobre el papel de la rectora, Esther Orozco, en el desarrollo del conflicto. Para los lectores, estoy en un error si pienso que fue “valiente” al exponer la situación de la UACM en desplegados y con un uso desproporcionado de adjetivos. Asumo que se refieren básicamente al calificativo de “fraude”. Tratan de que vea que los autoritarios no son sólo los que exigen “retirar” información del desempeño de una institución pública, sino también la propia rectora que actuó a la ligera, “desde arriba” y poniendo poca atención al trabajo colegiado, como me interpeló una profesora de la UACM en el sitio electrónico de Campus.

Reflexionando sobre el caso, creo que los lectores tienen razón. Los adjetivos utilizados por la doctora Orozco en sus comunicados eran innecesarios. Al exponer los problemas de la UACM en un tono menos común al que nos tienen acostumbrados las burocracias, hizo que el propósito de buscar aliados políticos y sociales para el desarrollo de la universidad capitalina se convirtiera en un juego de vencidas. Actuar con arrojo puede entonces llevarnos por caminos insospechados y operar totalmente en nuestra contra.

Sin embargo, quisiera reiterar dos puntos. El primero es que aunque sea errónea la posición de Orozco, no tiene por qué servir para rasgarnos las vestiduras y atorarnos en discusiones que lejos de beneficiar a la UACM, la están perjudicando. Decir, por ejemplo, que la rectora es “neoliberal” y, por lo tanto, quiere destruir un proyecto educativo, es poner más adjetivos inútiles a la discusión y buscar culpables donde no los hay.

La segunda reiteración es que el indicador de que los estudiantes no acaben sus estudios en un tiempo razonable revela síntomas de un problema y por mucho que valoremos el modelo académico de la UACM, no deberían minimizarse al grado de reclamar parámetros de evaluación únicos para la institución capitalina, como sugirió otra lectora. La exposición de los resultados —parciales— de la UACM debió generar mayor imaginación y apertura en lugar de reclamar teorías justificatorias del privilegio. El hecho de ser una institución “diversa” no le otorga el certificado de ser automáticamente infalible e incuestionable.

Después de hacer estas reiteraciones, debo reconocer que gracias al diálogo con los lectores, fue más evidente que existen profundas limitaciones en las actuales formas de evaluar la calidad universitaria. Si algo bueno tiene el conflicto de la UACM es remarcar la necesidad de debatir una noción de calidad universitaria que sea pertinente para un país como México y que, además, sirva para desarrollar indicadores compuestos orientados a mejorar el desempeño de las distintas instituciones de educación superior del país.

Sobre el punto anterior mucha tinta y pensamiento han corrido y es inexplicable por qué seguimos utilizando referentes de calidad tan rudimentarios como el Índice de Diversidad Unilateralmente Asumido, el prestigio heredado, rankings, la opinión (aislada) del “empleador” o los “certificados de calidad” entregados por el secretario de Educación Pública en pomposa ceremonia con los rectores.

Al revisar el informe de la rectora Orozco, es claro que en la UACM no existe un marco de evaluación de la calidad claro y bien definido. Calidad —en ese documento— se refiere al “cabal cumplimiento de los principios, propósitos y objetivos de la institución”. Luego se presentan indicadores sin un sustento conceptual y, consecuentemente, muchas preguntas quedan en el aire. ¿Qué significa en términos de equidad y pertinencia, por ejemplo, que la proporción de jóvenes que trabajan con respecto del total de matriculados haya disminuido 37 puntos porcentuales de 2001 a 2010? Si hay menos “trabajadores que estudian”, ¿por qué una gran proporción de jóvenes no termina a tiempo sus estudios? De la relevancia, por ejemplo, tampoco se habla, como me lo hizo notar otro amigo lector. ¿O es que también hay que oponerse a realizar un seguimiento de egresados por ser eficientista y neoliberal?

En cambio, algo que sí se resalta en el informe de Orozco es un gasto considerable en nómina y un problema de asistencia de los profesores de tiempo completo. Todos estos datos, leídos a la luz de la baja eficiencia terminal, apuntan hacia un grave problema de la UACM. Que se comuniquen los resultados de manera poco sistemática no tendría por qué servir de pretexto para querer quemar en leña verde a un miembro de la comunidad. Tampoco debería ser motivo para que los verdugos aprieten la venda contra sus ojos o se fuguen de la realidad. Por la responsabilidad pública que los universitarios tenemos, se puede rectificar.

* IEE-York/INIDE-UIA. E-Mail: pedroa.flores@uia.mx

No hay comentarios. :

Publicar un comentario