2 de junio de 2011

¿Es el SNTE causa o consecuencia de la problemática educativa?, por Pedro Flores-Crespo*

Cuando vemos o escuchamos hablar del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y, sobre todo, de sus líderes, el ánimo cambia. Y con razón. Mirar que en pleno siglo 21 unos líderes se erigen como representantes de más de un millón de profesores sin que éstos los hayan elegido pública y abiertamente, ostentan privilegios económicos que difícilmente un salario de maestro podría justificar y, por si fuera poco, presumen que el presidente de la República les concede puestos sin acreditar una prueba de conocimiento, es para enchilar a cualquiera.

Pero el grupo de la profesora Elba Esther Gordillo es uno más de tantos que existen en México y su apego a la gobernabilidad democrática es un tema que requiere continua reflexión. La Maestra y sus allegados han sabido aprovechar cada resquicio de un sistema político-institucional que, por distintas razones, no hemos podido —o querido— modificar. Por ello, no es aventurado decir que los ciudadanos también podemos ser responsables de que el grupo dirigente del SNTE siga actuando sin las restricciones que la democracia impone, como la rendición de cuentas, la transparencia o el beneficio de la mayoría.

Considerar al grupo dirigente del SNTE como consecuencia de un contexto que se caracteriza por tener leyes anquilosadas, una cultura ciudadana profundamente antidemocrática y suspicaz, intereses económicos desbordados, ideologías avezadas, una falta de liderazgo y pobre imaginación en la formulación de políticas es, desde mi perspectiva, más útil que sólo mirarlo como el causante de la mala calidad educativa. Lógicamente, considerar al SNTE como consecuencia de ese contexto democráticamente frágil y desarticulado no debe ser excusa para justificar sus tropelías e inmovilizarse. Al contrario, estudiarlo desde una óptica distinta puede llevarnos a pensar y discutir soluciones de más largo plazo, sostenibles y efectivas que el simple hecho de pedir que Elba Esther y su grupo desaparezcan el día de mañana por decreto presidencial.

Para sustentar que el SNTE se empoderó gracias al esquema de gobernabilidad que no hemos podido modificar, analicemos lo que ocurrió con la Alianza por la Calidad de la Educación (ACE). En septiembre de 2008, cuatro meses después de haberse anunciado la ACE, el Partido Acción Nacional propuso ampliar las atribuciones de la Secretaría de Educación Pública (SEP) para que ésta pudiera fijar, con base en la ley, los lineamientos para realizar una asignación de plazas que fuera “transparente, imparcial y legal”. Es decir, para combatir más decididamente la venta y herencia de plazas se proponía un cambio de reglas sustentado en la legislación. Con ello se trataba de evitar que los concursos de oposición, derivados de la ACE, se quedaran sólo como un “acto voluntario” entre el sindicato y el gobierno, como lo declarara más tarde el senador del PAN, Santiago Creel (Excélsior, 05/03/2010).

¿Usted sabe qué pasó con esa iniciativa? No prosperó. Las preguntas son por qué se rechazó, con qué argumento se detuvieron los cambios a la Ley General de Educación, cuántos legisladores votaron en contra y cuántos de sus representados (o sea cada uno de nosotros) les exigimos votar en favor. Al no darnos por enterados de tales iniciativas y no darle seguimiento al proceder de los legisladores y llamarlos a cuentas, los ciudadanos avalamos que los concursos de oposición sigan el vaivén del SNTE y de la SEP.

Pero no se preocupe, hay tiempo de rectificar. Ya vienen las elecciones en el Estado de México y pronto las presidenciales, aquí podemos enmendar nuestros errores pidiéndoles a todos los candidatos que firmen un compromiso ante notario de que no buscarán el apoyo de La Maestra y sus huestes para obtener la victoria. El pacto debe ser con los ciudadanos y con los maestros de base. Si rechazan tal propuesta, pues nosotros podemos hacer lo mismo con nuestro voto. Ni un voto al político que intercambie favores con el grupo de Elba Esther.

Segunda ilustración de cómo el grupo dirigente del sindicato responde al contexto que cultural, legal y socialmente hemos construido. Cuando en 2010 se supo que de los 123 mil 856 maestros que presentaron el examen para obtener una plaza, 87 mil 741 (70 por ciento) requerían nivelación y 5 mil 29 (4 por ciento) se ubicaron en el nivel “no aceptable”, muy pocos padres de familia nos organizamos para saber si alguno de esos 92 mil 770 maestros estaba en la escuela de nuestros hijos y qué medidas iba a tomar el director para nivelar su conocimiento o, de plano, separarlo por un tiempo del grupo en lo que se capacitaba para poder enseñar. Lo que sí hubo fue una reacción del grupo sindical que, ante la crítica frontal de algunos periódicos y de algunas organizaciones empresariales y civiles, defendió a sus agremiados diciendo que es injusto llamar a los maestros “burros” o “reprobados”.

El SNTE fue oportuno rechazando el estigma sobre los maestros —éstos seguramente se lo agradecieron— y con una habilidad sorprendente sugirió que la única responsable de la mala preparación docente era la SEP. En México, es clásico no aceptar las responsabilidades de nuestros actos y culpar a otros por las cosas que hacemos o dejamos de hacer, pero esto no es exclusivo de un grupo de políticos, ellos sólo echan mano de los dispositivos culturales que ponemos a su disposición. En cualquier círculo vecinal, intelectual, magisterial, disidente, periodístico, empresarial, científico, religioso y universitario, Elba Esther puede tomar un rostro; pero no se espante, tal imagen la podremos desterrar cuando comprendamos que el SNTE es, en gran medida, una consecuencia del ambiente político que está en nuestras manos cambiar.

Nota:
La fracción que se deseaba modificar era la XIII del artículo 12 de la Ley General de Educación.


* El Dr. Pedro Alejandro Flores Crespo es investigador y docente del INIDE de la UIA. E-Mail: pedroa.flores@uia.mx

Artículo publicado originalmente por: Campus Milenio, Jueves 2 de Junio de 2011. Imagen tomada de El Universal.

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