11 de agosto de 2011

¿Podremos construir políticas educativas originales? (primera parte), por Pedro Flores-Crespo*

Es tiempo para reafirmar que muchas políticas actuales en materia educativa están agotadas y requerimos un cambio urgente. La evidencia mostrada en investigaciones independientes, reportes de evaluación nacionales e internacionales, incluso en los informes oficiales, señalan que los programas y políticas actuales están produciendo efectos mínimos para el tamaño de los retos, cuando no impactos regresivos. Hay consenso de que es necesario “meter el acelerador” para hacer de la educación un factor real de cambio y de desarrollo individual y colectivo.

Este consenso, sin embargo, ya no parece tan claro para definir los medios y lograr ese cambio. Para algunos, las grandes transformaciones del sistema educativo nacional se logran solamente echando mano del pacto corporativo (véase la entrevista a Felipe Calderón en WRadio, 06/07/11); para otros, bastaría modificar el “modelo” económico y allegarse de más dinero público (ver José Narro, La Jornada, 03/08/11). Desde otra perspectiva, hay quienes también afirman que el sistema educativo cambiará más rápidamente si se introducen mecanismos de “mercado”, mientras que para algunos la esperanza reside en que llegue el “hombre antimafia” o la lideresa sindical desaparezca por decreto presidencial.

Estos cuatro modelos de policy, que podríamos llamar, respectivamente, “fatalista”, “estructural”, “de mercado” y “vertical-personalista”, es lo que de una u otra forma hemos intentado en los pasados 50 años y no han dado los resultados requeridos.

Nuestros propios reclamos, cuestionamientos, conocimiento acumulado, evidencia y, sobre todo, el actual momento histórico-político que vivimos ya no sustentan la viabilidad de esos modelos de política.

Entonces, si en verdad queremos lograr un futuro mejor para la educación, es importante echar a volar la imaginación, mutar de piel, dejar el interés grupal, la tradición y proponer, claramente, elementos para construir un modelo de políticas educativas democrático, moderno y que funcione para elevar la efectividad de las políticas en bien de todos.

Este ejercicio no está exento de responsabilidades. En primer lugar, no se puede partir de cero; se debe valorar críticamente la política educativa actual, lo cual significa reconocer aciertos y errores.

Segundo, sería poco inteligente proponer caminos alternos como recetario. Si se espera capturar la atención general es necesario ir del análisis a la propuesta y no viceversa. No actuar así reflejaría sólo nuestra habilidad para descargar ocurrencias, no digerir y construir ideas y el intelectual mexicano no puede darse ese lujo, a menos que busque recompensas inmediatas.

En tercer lugar, un modelo democrático, moderno y eficiente de políticas implica una distribución de poder y recursos que a muchos actores puede llegar a disgustarnos. Por ello, debemos negociar y anteponer intereses particulares para ya no seguir con las mismas condiciones de aprendizaje-enseñanza, educativas y científicas que a muchos indignan. ¿A qué le vamos a dar prioridad para lograr el cambio necesario? ¿Qué vale más para una sociedad democrática? Nosotros tenemos la palabra.

Cuarta responsabilidad, saber colaborar con el que piensa diferente o proviene de un origen distinto al nuestro, pues ahora el poder es ampliamente difuso. Esto implica la formación de redes o coaliciones de política entre actores de diversas corrientes para hacer realidad determinadas creencias de política.

Rebasar la lucha de los contrarios en aras de un fin alto es una amarga medicina que algunos disidentes, académicos, intelectuales, activistas, maestros, legisladores, autoridades educativas y universitarias deberemos tragar si queremos ser partícipes del cambio. Esto, lógicamente, no significa rehuir responsabilidades ni plegarse.

En quinto y último lugar, habrá que imaginar soluciones con referencia a lo que hacen otros países, otros estados, otras instituciones y han probado ser efectivas, independientemente de la ideología que lo sustente o del color partidista.

Aprender de la referencia externa es un camino útil que ahorra tiempo y no debe implicar necesariamente una copia al carbón o transferencias acríticas. A lo largo de su historia, México ha nutrido sus políticas y programas gracias al conocimiento y experiencia generados allende las fronteras. Igualmente, nuestro país ha ofrecido lecciones al mundo y ha puesto a circular ideas para tratar de resolver los mismos problemas que aquejan a otras personas de otras latitudes.

Una de las lecciones que a mi juicio podríamos aprender para construir políticas más efectivas en el ámbito educativo es mirar lo que ha hecho el sistema de salud del país. Sobre esta lección “del interior”, hablaré la próxima entrega.

* Académico e investigador. IEE-York/INIDE/UIA. pedroa.flores@uia.mx

Originalmente publicado en: Campus Milenio. 11 de Agosto de 2011.

5 de agosto de 2011

A Latapí

Por Pedro Flores Crespo*


Soy hombre: duro poco 
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
Hermandad, Octavio Paz

Hace dos años murió Pablo Latapí Sarre, intelectual mexicano y ser de profunda bondad. Al doctor Latapí le debemos que la investigación educativa ocupe un espacio dentro de la estructura científica del país. Con visión e independencia, fundó espacios para pensar la problemática de la educación y siempre creyó en el cambio razonado. A los más jóvenes nos recordó que la crítica pública es un factor indispensable para transformar las condiciones escolares y de aprendizaje y para que las personas puedan ampliar sus capacidades. 
Latapí fue un testigo —inconforme— de la consolidación y ocaso del régimen posrevolucionario. Con inteligencia, cuestionó el proceder de los gobiernos priístas y “modernizadores” (1989-2000), así como el de las dos administraciones panistas. Con la primera (2000-2006) decidió unir sus esfuezos para lograr la ansiada transición democrática y con la segunda (2006-2012) marcó distancia a partir de la renovación del pacto corporativo que el presidente de la República estableció con la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Pacto que, por cierto, ha sido inefectivo y oneroso para la autoridad y educación del país. 
La influencia del doctor Latapí en la política educativa de México es indudable. Con su “identidad múltiple” (especialista, filósofo humanista, asesor, crítico, periodista y embajador), Pablo Latapí tuvo la capacidad de incidir en los círculos académicos, docentes y políticos de manera notable. 
Sus argumentos, brillantemente elaborados, fueron —y siguen siendo— analizados y cuestionados por jóvenes investigadores, maestras, maestros, incluso por sus malquerientes, que se multiplicaron a medida que Latapí descollaba. 
Al morir el destacado investigador me pregunté qué más se iba con su presencia. Con su partida, ¿moría solamente el “anciano de la tribu” de especialistas educativos? Sin duda alguna, al apagarse su voz se abría un hueco intelectual en la vida pública del país. 
Ante esta triste realidad, algunos colegas afirmaban que había “herederos” de Latapí, ello me sorprendía, pues pensaba que transferir títulos de prestigio de generación en generación era una idea extravagante, algo que respondía más a sociedades primitivas que a lo que experimentaba México en los albores del siglo XXI. 
¿O acaso era verdad que los académicos mexicanos no estábamos capacitados para evolucionar en función de las condiciones originadas por la democracia y la modernidad? ¿Seguíamos confiando irremediablemente en el personaje y su “herencia” o podríamos ver más allá de la figura? 
La partida del doctor Latapí —que sigue conmoviéndome— nos enfrenta a un reto intelectual y práctico: cómo transitar de un modelo basado en el personaje a otro que pueda influir, con evidencia y conocimiento, sobre los procesos de política educativa de manera constante. ¿Podremos los investigadores educativos construir un sistema abstracto e institucional por medio del cual los maestros, stakeholders y políticos puedan mejorar su práctica y sustentar la acción pública?
El modelo de “consejero del rey” que México experimentó en la mitad del siglo XX pareciera estar ya fuera de moda en virtud de las nuevas realidades y exigencias del actual contexto científico, político y social.
Cuando el doctor Latapí, y otros destacados especialistas empezaron a promover la investigación educativa multidisciplinaria, había pocos espacios de discusión y debate. Esto, en parte, justificó el modelo personalista de influir en las políticas.
Ahora, sin embargo, la realidad es diferente. Se han fundado centros de investigación educativa de prestigio en el país, se han ampliado y renovado los existentes, el número de investigadores educativos ha crecido —aunque no lo suficiente para un país de 112 millones de habitantes— y contamos con el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Comie), el cual aglutina a más de 500 especialistas.
Por si esto fuera poco, hoy jueves 4 de agosto, el Observatorio Ciudadano de la Educación y el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM organizan la Cátedra Pablo Latapí, que lleva precisamente como título central “Las relaciones entre investigación educativa y toma de decisiones”.
Este encuentro será coordinado por otros reconocidos académicos: Carlos Muñoz Izquierdo y Manuel Ulloa, quienes seguramente propiciarán la reflexión sobre las nuevas formas de utilizar el conocimiento para incidir, de manera institucional y constante, en la práctica escolar y en la hechura de políticas del México actual.
En resumen, contamos con foros de discusión abiertos, instituciones y una comunidad de investigadores sólida y profesional. No obstante, a pesar de estos avances, muchas de las preocupaciones que impulsaron al doctor Latapí a estudiar y cuestionar la política educativa —como la urgente necesidad de ofrecer una educación de calidad a los más pobres—, las seguimos enfrentando, aunque de manera más compleja.
Esto requiere una mirada plural, amplía y la visión y sabiduría de algunos seres humanos que tocaron la tierra por un instante.
  
*Académico e investigador IEE-York/INIDE-UIA: pedroa.flores@uia.mx  Nota originalmente publicada en Campus Milenio

Lamentan ruptura entre funcionarios y academia

El académico Carlos Muñoz Izquierdo lamentó que en la actualidad exista una fractura entre funcionarios públicos e investigadores dedicados al ámbito educativo.

Muñoz Izquierdo, quien trabaja en el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (INIDE) de la Universidad Iberoamericana (UIA), señaló que la Secretaría de Educación Pública (SEP) ha tenido buenas intenciones al elaborar las políticas públicas en materia de enseñanza pero, al momento de implementarlas, sus decisiones han sido ineficaces.

El investigador ofreció hoy una conferencia magistral titulada “Las relaciones entre investigación educativa y la toma de decisiones” en el marco de la presentación de la Cátedra Pablo Latapí Sarre 2011-2012, realizada en el Instituto de Investigaciones Sobre la Educación y la Universidad (IISUE).

Durante el evento también estuvo presente José Ángel Pescador, ex secretario de Educación Pública, quien al ser cuestionado porEducación a Debate aseguró que la relación entre la investigación y la toma de decisiones debe ser un proceso que marche de modo paralelo.

Pescador agregó que las políticas públicas eficientes son las que toman en cuenta el trabajo de investigación y la recepción de los principales ejecutores de las reformas, en este caso, los maestros.

Entrevistada por separado, la investigadora Aurora Loyo destacó que el titular de la SEP debe ser una persona que esté involucrada con los temas educativos desde antes de asumir el cargo, y aseguró que esto no ha sucedido actualmente ni en los últimos años.

Lo anterior, dijo Loyo, lleva a una fractura en la relación entre políticas públicas e investigación académica.

Durante el evento celebrado en la UNAM, Carlos Muñoz Izquierdo también criticó la llamada Reforma Integral de la Educación Básica (RIEB), la cual -según el académico- pretende eliminar la reprobación de los alumnos sin tomar en cuenta la capacitación de los maestros para implementar “exitosamente dicho sistema”.

Luego de la presentación de la Cátedra Pablo Latapí Sarre 2011-2012 se desarrollaron mesas de trabajo simultáneas sobre educación Básica, Media y Superior.

Cabe destacar que hoy es el segundo aniversario luctuoso de Pablo Latapí Sarre, quien es considerado el padre de la investigación educativa en México.


Nota de Héctor Rojas.
Originalmente publicada en Educación a Debate. Derechos reservados.

2 de agosto de 2011

Participación Juvenil Ciudadana, por Martha Chicharro Gutiérrez*

De acuerdo con los resultados preliminares de las elecciones del domingo 3 de julio, el Estado de México registró uno de los porcentajes de abstencionismo más elevados de los últimos 15 años (57%).

A pesar de haber experimentado una transición de regímenes, particularmente la ocurrida en el 2000 en la que se puso en evidencia el poder que tiene la participación ciudadana, los mexicanos no se sienten motivados a participar en la vida política del país.

Según el Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadana (ICCS, 2009) los jóvenes mexicanos tienen la capacidad de identificar ciertas características de las instituciones cívicas y la sociedad civil, pero se les dificulta entender su interconexión, sus procesos y su relación con la vida cotidiana. Por ejemplo, los estudiantes tienen poco interés en temas políticos y no sienten confianza en los partidos políticos.

Este estudio también refleja que las condiciones de desigualdad en la distribución de oportunidades sociales se relacionan con los aprendizajes, es decir, los alumnos con menores recursos económicos y de menor escolaridad de sus padres, no logran las mejores competencias ciudadanas.

Sin embargo, se reportan resultados alentadores con respecto a su interés por participar en actividades cívicas dentro de la escuela. De hecho, los estudiantes sienten que la escuela es la institución más confiable.

Los docentes perciben este interés, particularmente en eventos deportivos, pero notan menos participación cuando se invita a los alumnos a formar parte de proyectos relacionados con derechos humanos, servicio a la comunidad o de apoyo a grupos desfavorecidos. De acuerdo con el estudio, esto se puede relacionar con la falta de oportunidades para realizarlas.

Es aquí donde se presenta una gran oportunidad para la educación en México. La escuela es un lugar idóneo para la práctica de la ciudadanía. En ella, los alumnos pueden experimentar procesos democráticos y ser protagonistas de cambios importantes para mejorar su entorno. También se puede orientar la participación a causas de gran relevancia, como la inclusión social, el bien común y la solidaridad.

Existen modelos y métodos educativos que promueven didácticamente la participación ciudadana privilegiando el diálogo, el respeto y el aprecio por la diversidad humana. Por este motivo, es importante que docentes, directivos y padres de familia se formen en valores cívicos y éticos que son necesarios para provocar los cambios sociales que deseamos para nuestro país.


*Martha P. Chicharro Gutiérrez es investigadora asistente en el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Artículo originalmente publicado en: Publimetro (18/Julio/2011)