5 de agosto de 2011

A Latapí

Por Pedro Flores Crespo*


Soy hombre: duro poco 
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
Hermandad, Octavio Paz

Hace dos años murió Pablo Latapí Sarre, intelectual mexicano y ser de profunda bondad. Al doctor Latapí le debemos que la investigación educativa ocupe un espacio dentro de la estructura científica del país. Con visión e independencia, fundó espacios para pensar la problemática de la educación y siempre creyó en el cambio razonado. A los más jóvenes nos recordó que la crítica pública es un factor indispensable para transformar las condiciones escolares y de aprendizaje y para que las personas puedan ampliar sus capacidades. 
Latapí fue un testigo —inconforme— de la consolidación y ocaso del régimen posrevolucionario. Con inteligencia, cuestionó el proceder de los gobiernos priístas y “modernizadores” (1989-2000), así como el de las dos administraciones panistas. Con la primera (2000-2006) decidió unir sus esfuezos para lograr la ansiada transición democrática y con la segunda (2006-2012) marcó distancia a partir de la renovación del pacto corporativo que el presidente de la República estableció con la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Pacto que, por cierto, ha sido inefectivo y oneroso para la autoridad y educación del país. 
La influencia del doctor Latapí en la política educativa de México es indudable. Con su “identidad múltiple” (especialista, filósofo humanista, asesor, crítico, periodista y embajador), Pablo Latapí tuvo la capacidad de incidir en los círculos académicos, docentes y políticos de manera notable. 
Sus argumentos, brillantemente elaborados, fueron —y siguen siendo— analizados y cuestionados por jóvenes investigadores, maestras, maestros, incluso por sus malquerientes, que se multiplicaron a medida que Latapí descollaba. 
Al morir el destacado investigador me pregunté qué más se iba con su presencia. Con su partida, ¿moría solamente el “anciano de la tribu” de especialistas educativos? Sin duda alguna, al apagarse su voz se abría un hueco intelectual en la vida pública del país. 
Ante esta triste realidad, algunos colegas afirmaban que había “herederos” de Latapí, ello me sorprendía, pues pensaba que transferir títulos de prestigio de generación en generación era una idea extravagante, algo que respondía más a sociedades primitivas que a lo que experimentaba México en los albores del siglo XXI. 
¿O acaso era verdad que los académicos mexicanos no estábamos capacitados para evolucionar en función de las condiciones originadas por la democracia y la modernidad? ¿Seguíamos confiando irremediablemente en el personaje y su “herencia” o podríamos ver más allá de la figura? 
La partida del doctor Latapí —que sigue conmoviéndome— nos enfrenta a un reto intelectual y práctico: cómo transitar de un modelo basado en el personaje a otro que pueda influir, con evidencia y conocimiento, sobre los procesos de política educativa de manera constante. ¿Podremos los investigadores educativos construir un sistema abstracto e institucional por medio del cual los maestros, stakeholders y políticos puedan mejorar su práctica y sustentar la acción pública?
El modelo de “consejero del rey” que México experimentó en la mitad del siglo XX pareciera estar ya fuera de moda en virtud de las nuevas realidades y exigencias del actual contexto científico, político y social.
Cuando el doctor Latapí, y otros destacados especialistas empezaron a promover la investigación educativa multidisciplinaria, había pocos espacios de discusión y debate. Esto, en parte, justificó el modelo personalista de influir en las políticas.
Ahora, sin embargo, la realidad es diferente. Se han fundado centros de investigación educativa de prestigio en el país, se han ampliado y renovado los existentes, el número de investigadores educativos ha crecido —aunque no lo suficiente para un país de 112 millones de habitantes— y contamos con el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Comie), el cual aglutina a más de 500 especialistas.
Por si esto fuera poco, hoy jueves 4 de agosto, el Observatorio Ciudadano de la Educación y el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM organizan la Cátedra Pablo Latapí, que lleva precisamente como título central “Las relaciones entre investigación educativa y toma de decisiones”.
Este encuentro será coordinado por otros reconocidos académicos: Carlos Muñoz Izquierdo y Manuel Ulloa, quienes seguramente propiciarán la reflexión sobre las nuevas formas de utilizar el conocimiento para incidir, de manera institucional y constante, en la práctica escolar y en la hechura de políticas del México actual.
En resumen, contamos con foros de discusión abiertos, instituciones y una comunidad de investigadores sólida y profesional. No obstante, a pesar de estos avances, muchas de las preocupaciones que impulsaron al doctor Latapí a estudiar y cuestionar la política educativa —como la urgente necesidad de ofrecer una educación de calidad a los más pobres—, las seguimos enfrentando, aunque de manera más compleja.
Esto requiere una mirada plural, amplía y la visión y sabiduría de algunos seres humanos que tocaron la tierra por un instante.
  
*Académico e investigador IEE-York/INIDE-UIA: pedroa.flores@uia.mx  Nota originalmente publicada en Campus Milenio

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