22 de septiembre de 2011

Juan Gabriel y la educación del sentimiento


Por Pedro Flores-Crespo*


A mi tío Rubén, por su cumpleaños y Acapulco.
En el mes patrio, hablemos de un gran mexicano: Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como Juan Gabriel. Juanga es el compositor más popular y famoso de los años recientes e intriga por qué un ser humano que pasó su niñez en un asilo, que confiesa que le aburre leer, que enfrentó la separación familiar, que estuvo injustamente recluido en Lecumberri y que muestra una identidad sexual distinta a la mayoría, se volvió un ídolo nacional.
Al navegar en mis dudas, recurrí a los libros de Carlos Monsiváis, quien con sus inteligencias se dio cuenta y expresó que la música popular representa la “autenticidad infalsificable de millones de personas”. ¿Qué significa esto? Que artistas de la talla de Juan Gabriel son capaces de captar el sentimiento individual, genuino y recóndito para revelarlo en melodiosas canciones, musicalidad apoteósica, frases dolorosas, cursis estribillos, silencios hirientes y rancheras, desde las más sencillas hasta las más sofisticadas. En una frase o canción, Juan Gabriel captura los más variados y encontrados sentimientos. “No cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”.
¿Cómo se llama esta inteligencia? ¿Cómo se aprende y cultiva? Cuando a Juan Gabriel le preguntaron cómo llegaba a la canción, es decir, cómo era su proceso creativo de composición, él, con sencillez, dijo que era más difícil explicarlo que componer. El metaanálisis no se le da a Juanga y qué importa, no lo admiramos por darnos cátedras de composición, sino porque es un inagotable surtidor de alegrías; alegrías que, como él repite en sus conciertos, el artista da al pueblo y el político les quita. “Pero qué necesidad, para qué tanto problema, mientras yo le quiero ver feliz, cantar, bailar, reír, soñar, sentir, volar, ellos le frenan”.
Juan Gabriel no sólo ha sido objeto de admiración popular. Sus expresiones estéticas y musicales, así como su función social en la sociedad mexicana, han tratado de ser dilucidadas por intelectuales como Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Jorge G. Castañeda.
Para Monsi, el público de Juan Gabriel ha sido el más pluriclasista y multigeneracional que un artista haya tenido desde los tiempos de Pedro Infante. Ante la música de Juanga se borran, por dos o tres minutos que abarca la canción o tres horas que generalmente duran sus conciertos, las barreras del dinero, estatus y edad. “No tengo dinero ni nada que dar, lo único que tengo es amor para amar./Si así tú me quieres te puedo querer, pero si no puedes, ni modo qué hacer”.
Jorge G. Castañeda, doctor en historia económica por la Sorbona de París, escribió recientemente que el cantautor michoacano-juarense es el “primer mexicano moderno” que, según entiendo, demuestra poseer la probada capacidad para demoler “la dictadura de los comportamientos fijos” —en palabras de Monsi—. Pero la valoración de Castañeda no se queda en el plano sociológico, sino que va más allá y llega al plano musical.
Para Castañeda, Juan Gabriel es el creador del “mariachi moderno”, pues, según él, Juanga fue quien le “puso ritmos modernos a los mariachis clásicos, y produjo un nuevo sonido, popular y contemporáneo, un poco como hizo Elvis Presley en los años cincuenta, al fusionar el rhythm & blues de los negros con las baladas de los blancos”.
Escuche usted la orquestación de los mariachis de Juan Gabriel y se dará cuenta cómo se funde lo popular con lo sinfónico, llevándonos a corroborar la creatividad y autenticidad de un músico que no pasó ni por el conservatorio ni por la universidad.
Y si esto es así, ¿por qué la universidad mexicana no va a Juanga, ya que él no fue a ella? Hasta donde he podido indagar, no he encontrado una institución de educación superior mexicana que le haya hecho un reconocimiento a Juan Gabriel por sus estructuras musicales y por su aporte artístico y estético. El reconocimiento de la universidad hacia artistas como el señor Juan Gabriel no es ninguna extravagancia. Instituciones educativas rusas, por ejemplo, no han dudado en reconocer a grandes artistas y para muestra de ello, déjeme recordarle que, en 2003, sir Paul McCartney, el ex beatle, recibió un doctorado honoris causa del conservatorio de música de San Petersburgo, el mismo que tuvo como alumno a un tal Pyotr Ilyich Tchaikovsky.
¿Sabrá alguna autoridad universitaria que Tchaikovsky no es la marca de una joyería cara? ¿Le importará al maestro Juan Gabriel la indiferencia de la universidad mexicana? No creo, porque para él “la música es la música” y ésta lo ha llevado a conquistar prestigiosos escenarios y espacios como el Palacio de las Bellas Artes, donde cantó en 1990 y 1997 con un éxito rotundo. En ese momento quedó claro que las fronteras entre lo popular y clásico no son infranqueables. Ante los ataques por haber actuado en el máximo recinto artístico del país, Juan Gabriel, con serenidad, puso las cosas en claro: “la gente es quien hace los lugares y no viceversa”.
Su modernidad no se detuvo ahí. Después de poner a bailar a los integrantes de la Orquesta Sinfónica Nacional con sus rancheras sinfónicas e imprevisibles cambios de ritmo, expresó, sin ningún complejo, que él deseaba que todos sus compañeros artistas tuvieran la misma “bella oportunidad” que él tuvo de trabajar en Bellas Artes, pues es un teatro “lleno de luz, de amor, de canto, de música, de ópera”. Y ya encarrerado, Juanga, nuestro máximo cantautor mexicano, soltó una frase que cimbró al igual que su música: “así como Mozart, Bach, Tchaikovsky, tuvieron tantos problemas en sus tiempos porque ellos también pertenecieron a una música popular y ahora son clásicos. No es que yo me compare con ellos, sino que ellos un día fueron alguien como yo”.

* Investigador y académico. IEE-York/UIA. pedroa.flores@uia.mx
Originalmente publicado en Campus Milenio. Derechos reservados.

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