19 de septiembre de 2011

¿Podremos construir políticas educativas originales? (sexta y última parte)

Por Pedro Flores-Crespo*

La necesidad de desarrollar una nueva generación de políticas educativas se acrecienta a medida que la inconformidad se amplía y las fallas de las políticas y programas educativos se constatan. Andamos tan mal que hasta el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio —ya de regreso en la SEP— ha afirmado que algunos datos mostrados en la prueba ENLACE (Evaluación Nacional de Logro Académico en Centros Escolares) “inquietan” y, por lo tanto, “nos deben motivar a actuar y modificar nuestras estrategias”. Parece que ya está quedando claro que no vamos por el camino correcto y que la evolución positiva de algunos indicadores —que sí existe— es una cosa y otra muy diferente la mejora sustancial y global de habilidades académicas clave para el desarrollo de las personas.
Pese a tal reconocimiento, es evidente que el cambio de políticas con los gobiernos panistas no fue a la velocidad que la sociedad exigía. Ahora, el maestro Lujambio pide a sus subalternos hacer un diagnóstico para saber qué está pasando y por qué vamos avanzando lento y mal. ¿Será necesario este ejercicio?
Desde antes de contar con ENLACE, la SEP ya tenía en su poder evaluaciones que le pudieron haber servido de base para actuar. ¿Qué le han revelado los informes del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), fundado en 2002, a las autoridades educativas federales y estatales? ¿Qué dicen los diagnósticos que sustentaron las reformas de la secundaria en 2004 y del bachillerato en 2007? ¿Espera el secretario Lujambio encontrar, con su nuevo diagnóstico, cosas tan diferentes de lo que ha dicho la investigación educativa a lo largo de los años recientes?
La tardía preocupación y reacción del secretario ofrece elementos para responder a la pregunta que guió esta serie de artículos. No podremos construir políticas originales cuando la SEP ignora, en cada sexenio, lo que otros han dicho, estudiado y probado. No echar mano del conocimiento acumulado equivale a seguir cultivando las mismas creencias y no confiar en bases distintas a la corazonada o a la realpolitik para impulsar nuevas propuestas. Así, no deberían sorprenderse nuestras autoridades de los malos resultados.
La utilización sistemática y constante del conocimiento, así como la experimentación de programas e intervenciones concretas, podría contribuir a acortar las curvas de aprendizaje de la política educativa mexicana. La búsqueda de originalidad de las acciones públicas demanda entonces experimentación, evaluación y pluralidad de información. Si estamos de acuerdo con lo anterior, entonces puede sostenerse que el atributo de originalidad no puede provenir de un solo actor, del funcionario o del rector convertido en redentor (redector). Requerimos de metodologías rigurosas para evaluar los programas, participación de las agencias de evaluación independiente en estas tareas (Coneval, INEE) y definición de dimensiones de evaluación que rebasen el mero cumplimiento de reglas de operación de los múltiples programas.
Si frente a la mala educación de México los actores no gubernamentales, como especialistas, académicos e intelectuales, somos incapaces de exponer argumentos claros que cuestionen creencias y, en lugar de ello, nos adherirnos vehementemente a ellas, pues sigamos lamentándonos. La crítica, en cambio, debería incorporar elementos de realidad, es decir, cuestionar con evidencia lo que en el aula, la escuela, la universidad y el sistema educativo no funciona ni opera de modo efectivo para ampliar las capacidades de las personas.
Los balazos disparados a las abstracciones (e.g. “neoliberalismo”, “el modelo”) salen sin mucho esfuerzo, pero dudo que den en el blanco de los problemas y ya no digamos que allanen el camino para la solución. Eso sí, esos disparos son muy populares y nos pueden hacer ganar aplausos, pero creo que ésta no es la función del intelectual mexicano en el México del siglo 21, ¿o sí?
Es evidente que aquí “originalidad” no significa otra cosa más que hacer que las políticas educativas sean más efectivas —como me lo hizo ver una avispada lectora—. A lo largo de esta serie de colaboraciones, se sostuvo que para lograr que las políticas educativas ofrezcan mejores resultados a los niños, jóvenes y adultos, se requiere, desde mi perspectiva, de la combinación de una serie de factores que pueden ir desde aprender de otros subsistemas de políticas que ponen en práctica acciones que prueban ser efectivas, utilizar la evidencia científica como un elemento adicional para sustentar transformaciones, cuestionar las políticas de manera profesional y comprender que el cambio de políticas es complejo y toma tiempo, pues depende de diversas variables, entre ellas las creencias de los actores y élites políticas.
Todos estos elementos están, por supuesto, sujetos a la crítica y al razonamiento, que son dos elementos por los cuales los seres humanos nos distinguimos de otras especies, por lo tanto, ¿quién dice que no podemos cambiar?
* Académico e investigador IEE-York/INIDE-UIA. pedroa.flores@uia.mx

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