31 de octubre de 2011

Pros y contras del posmodernismo

Por Pedro Flores-Crespo*

El término “posmodernismo” deja caer una cascada de significados. Si usted no sabe qué quiere decir, no se preocupe, muchos navegábamos en esas aguas. Pero una balsa de flotación apareció recientemente en el mar del desconocimiento. El museo Victoria & Albert (V&A) de Londres montó, en septiembre de este año y se cerrará en enero de 2012, una exposición sobre el posmodernismo en el campo del diseño, el arte y la arquitectura (Postmodernism: style and subversion 1970-1990).
Al contrario del modernismo, el posmodernismo rechaza el orden, las utopías, el progreso y la perfección estética. Para abandonar el modernismo, dice el crítico italiano Bruno Zevi, uno como artista debe elegir elementos que corren desde lo clásico (e.g. Versalles) hasta lo popular (Las Vegas).
Mientras el modernismo quería, según el V&A, abrir una puerta hacia un nuevo mundo, el posmodernismo fue un espejo resquebrajado que reflejó una superficie compuesta de distintos fragmentos. Una especie de cut-and-paste de cosas al alcance del artista, un bricolage, en palabras del antropólogo Claude Lévi-Strauss.
El posmodernismo, nos dicen los curadores del V&A, busca integrar cualquier elemento, más que excluirlo, y representó una libertad creativa en el diseño, el arte y la arquitectura. Precisamente por esta libertad encuentro elementos valiosos en el posmodernismo como propuesta estética: creó un estilo altamente atrayente para la vista y los sentidos. Un ejemplo de ello es que en la exposición se pueden admirar dos bustos de héroes perfectamente esculpidos mirando hacia el piso, donde se halla un tercero destruido, en cachitos, pero en esa mirada se revela la nostalgia, por una parte, pero, a la vez, por otra, una nueva posibilidad de exhibir el trabajo escultórico.
En términos de diseño y propuesta estética, las obras creadas por los artistas y grupos posmodernos (Alquimia y Memphis) son un “privilegio de la vista”, pues fueron capaces de explorar el uso de nuevos materiales en la decoración de objetos tan triviales como una cafetera, convirtiéndolos en diseños que enriquecen el espacio visual. Traspasar las fronteras de lo establecido para proponer algo nuevo es algo admirable y los artistas posmodernos ocupan ya un lugar indiscutible de prestigio y reconocimiento por esto. Pero las grandes ideas artísticas buscan en algún momento también acomodarse en el terreno político y social (Edward Docx) y es aquí en donde, a mi juicio, empiezan los problemas con el posmodernismo.
Con el riesgo de sobresimplificar, diría que con la visión posmoderna todo se incluye y nada se desecha y, por lo tanto, todo tiene un valor equiparable. Los académicos o científicos posmodernos —si es que los hay— piensan que no hay una teoría o sistema de ideas superior a otro, por lo tanto rechazan los discursos “dominantes” (metanarrativas) y asumen, como documenta Christopher Butler, que todo discurso está al “servicio secreto” del poder, no de la verdad.
Las ideas de la Ilustración sobre la razón, por ejemplo, son vistas como totalitarias de acuerdo con la visión posmoderna. Los académicos afines a esta corriente de pensamiento evitan también realizar juicios, niegan la existencia de valores universales (e.g. democracia, libertad) y consideran que los seres humanos somos producto de las estructuras de poder y de los discursos. “Estoy construido, luego existo”, resume Edward Docx en su sugestivo artículo “Postmodernism is dead” (Prospect, agosto, número 185).
Las posturas posmodernas me parecen grandes lozas para las ciencias políticas y sociales que habría que ir rompiendo y levantando por varias razones. La primera, sobre la cual grandes intelectuales han coincidido, es que el posmodernismo es la antesala de otro pesimismo cultural y político y de esto ya las ciencias sociales latinoamericanas están colmadas.
¿Qué mexicano no siente fascinación por las teorías de la conspiración o del complot? ¿Recuerda usted la teoría de la dependencia de la década de los setenta? Como el individuo no interactúa con la estructura socioeconómica, sino que es sólo su resultado, pues no hay ninguna posibilidad de que el jodido salga de jodido, para ponerlo en términos llanos. Esto, aparte de ser cuestionable con evidencia empírica, cimienta una especie de conservadurismo que se podría expresarse en un popular dicho: “el que nace pa’ maceta, del corredor no pasa”.
Si algo de atraso tienen las ciencias sociales y políticas mexicanas, ¿se lo debemos a los principios posmodernos?
Una segunda razón por la cual pienso que se debe combatir, desde la universidad, los supuestos posmodernistas, se relaciona con la necesidad de formular críticas, valoraciones y juicios, pues estos últimos son la “expresión creativa del conocimiento disciplinar” y nos ponen en constante diálogo con otros colegas, como bien afirma Frank Furedi (THES, 17/03/2011).Quedarse mirando cómo pasan y evolucionan los problemas que aquejan a las personas sin ponerlos en escrutinio, es ser copartícipes de la injusticia y no hay que olvidar que, como escribió Francis Fukuyama, el nazismo fue uno de los principales detractores del principio universal de la dignidad humana. Entonces, rechazar la construcción de un juicio o valoración normativa puede ser un síntoma antiuniversitario de flojera intelectual, falta de interés e incluso, una “cobardía moral”, diría Furedi.
Así como la jerga del posmodernismo dejó caer cataratas de significados, también corrieron mares de equívocos. Si el arte se benefició de la creatividad y libertad de los creadores posmodernos, las ciencias sociales y políticas parecen haberse empobrecido por sujetarse a las premisas de la era posmodernista que, para algunos, ya finalizó.



*Académico e Investigador INIDE-UIA/IEE-York. pedroa.flores@uia.mx  Originalmente publicado en Campus Milenio

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