30 de noviembre de 2011

¿Rectorialismo?


Por Pedro Flores-Crespo
Aunque quizá sea impopular, es necesario formular y expresar abiertamente la crítica a la burocracia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). No es fácil hablar de una institución de educación pública de alto prestigio, que hace de la inteligencia su valor central y convoca simpatías de diversos sectores pero que, como cualquier empresa humana, genera patrones y conductas políticas que sorprenden y juzgo equivocadas.
Aunque sea políticamente incorrecto, hay que poner a discusión la forma como se llevó a cabo el proceso de sucesión del rector para el período 2011-2015, porque hasta donde se pudo ver, imperó el elogio personal y la alabanza al doctor José Narro Robles en lugar de un balance crítico de lo realizado en su primer rectorado (2007-2011).
Durante el proceso de reelección, fue raro encontrar opiniones basadas en un ejercicio de contraste que comparara lo presentado en los Lineamientos para la elaboración de una propuesta académica para el periodo 2007-2011 (Lineamientos) o en el Programa de Desarrollo Institucional (PDI) 2008-2011 y lo alcanzado en cuatro años, pese a que los informes de Narro Robles son públicos y detallados http://www.dgi.unam.mx/rector/.
La valoración pública del desempeño de Narro se centró más, a mi parecer, en su papel de “crítico” orientado a zarandear toda política emprendida por el gobierno federal panista que, en ocasiones, por sus declaraciones y acciones fueron fáciles blancos de la garra Puma.
Ser contestatario fue el habitus que adoptó Narro como rector, cuestión que como he escrito previamente (Campus núm. 386, 23/09/10), contrasta con su comportamiento como funcionario gubernamental del “neoliberalismo” (1994-2000). Tal elección de habitus le ha redituado al doctor Narro honores y dividendos en varios frentes.
Hacia el interior de la UNAM, por ejemplo, no enfrentó una verdadera competencia para hacerse del cargo de rector por segunda ocasión. ¿Es normal para esta universidad constructora de estado tener prácticas que en otros espacios se conocen como la cargada para ser reelegido?
Esto indica que algo anda mal con las formas de elección de las autoridades universitarias. ¿O es que Narro representa la “unidad” y la esperanza ante todo lo malo que le ocurre a México y ahora en lugar de un rector tenemos ya un redector? ¿Así como México tuvo un presidencialismo, la UNAM estará frente a un “rectorialismo”?
Valorar la función de Narro por la oposición que supuestamente hizo frente a los gobiernos federales panistas es un punto que, como ciudadano y egresado, juzgo endeble. La “oposición” que hace Narro Robles a las políticas educativas del gobierno federal parece ser más mediática que de fondo.
Si uno revisa los lineamientos para la elaboración de la propuesta académica de 2008 presentada por el doctor Narro, se podrá verificar que el actual rector de la UNAM no se aparta diametralmente de las grandes líneas de política universitaria en el ámbito nacional.
Al igual que el gobierno de Felipe Calderón (2007-2012), propuso una “política institucional” para el desarrollo del bachillerato (Lineamientos, 2008:10). Similar a los programas educativos surgidos durante el periodo que algunos llaman “neoliberal”, se propone “flexibilizar los programas de licenciatura” para que sean “pertinentes” y afirma, con sensatez, que en algunos de los programas de licenciatura existe un “alejamiento entre la formación y el mundo real”.
En consonancia con lo recomendado hace décadas por los odiados organismos internacionales y por los gobiernos federales, Narro propuso que existiera una mayor relación entre la investigación con los sectores productivos, que se elevaran las tasas de eficiencia terminal, ampliara la cobertura, incrementara el número de profesores con posgrado y se realizaran evaluaciones externas para los planes y programas de estudio de posgrado. Y lo más curioso, para aumentar la cobertura, Narro, al igual que el gobierno federal, propone echar mano de las opciones de educación a distancia.
La opinión a ciertas conductas unamitas no tiene la más mínima intención de sugerir que se desista de querer convertir a la UNAM en la “conciencia crítica de la nación”, mucho menos impedir que Narro diga su verdad, al contrario, el cuestionamiento público es imprescindible en nuestra democracia, así como un meditado autoexamen basado en la conciencia personal.
Si queremos en verdad “cambiar el modelo” político y económico, digamos no a la perpetuación de los líderes al frente de los organismos gremiales como el Sindicato de Trabajadores de la UNAM (STUNAM) y pongamos sobre la mesa los puntos que la autoridad ha cumplido a cabalidad, así como sus incumplimientos.
En este último aspecto, por cierto, extrañó una interpelación más directa de los académicos al rector Narro sobre la renovación del Estatuto del Personal Académico, la cual fue una de sus promesas hace cuatro años y que parece atorada.
Opinar críticamente de la UNAM no entierra el agradecimiento a esta institución. No se pone en duda su “grandeza” histórica ni el trabajo de su personal académico y de algunos ex directivos. Tampoco se pretende negar su papel de ser una institución imprescindible para el desarrollo intelectual del país. La crítica surge de un espíritu libre que, por fortuna, tiene cabida en el ambiente de pluralidad y tolerancia creado por las universidades de prestigio mundial.

* Académico e investigador IEE-York/UIA. pedroa.flores@uia.mx Originalmente publicado en Campus Milenio

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