3 de noviembre de 2011

Todos podemos dar más, mucho más

Por Manuel Bravo Valladolid*

Piense en 90 millones de personas, con sentimientos, con miradas, pongámosles rostros. Ahora reflexione en torno al siguiente dato: en México existían (para el año 2010), entre 56 y 93 millones de personas que viven en pobreza. La diferencia entre estos datos se debe a los criterios de medición que aplican dos organismos que se encargan de calcularla: CONEVAL y Evalúa DF. Para darnos una idea más clara, estos mexicanos podrían llenar entre 509 y 845 veces el Estadio Azteca.
Desde hace tiempo, me ha provocado desconcierto y en muchas ocasiones indignación, la gran indiferencia de la que somos susceptibles todos los seres humanos –algunos más que otros- ante el dolor ajeno.
He conocido varias personas quienes piensan que los pobres viven de esa forma, porque así lo han decidido. Frases como: lo que pasa es que son muy flojosa ver ¿por qué no estudiaron?; es que no aprovecharon sus oportunidadesquieren estar así y les es más fácil pedir dinero que trabajarasí es la vida; entre otras. Hay incluso algunas personas que, en su ignorancia, creen que en este país no hay pobres, de verdad: ¡lo creen!
Estas visiones son equivocadas por diversas razones. En primer lugar, sí los hay y son mayoría. Según Evalúa DF, para 2010 la pobreza en México aquejaba a un 83 por ciento de la población, y a su vez, ésta se distingue por su nivel de intensidad: extrema (60.9 millones) y moderada (32.4 millones).
En segundo lugar, las explicaciones son muy complejas, ya que responden a múltiples factores. Sin embargo, un elemento clave para entender este problema -que nos convoca a todos- son las oportunidades a las que tienen acceso, las cuales posibilitan o no, una mejor calidad de vida. Y, en nuestra sociedad, la distribución de oportunidades es profundamente injusta.
Ser pobre implica acceder a los entornos más difíciles: sobreviven día a día (comida y vivienda); acceden a los servicios básicos de menor calidad (agua, luz, gas); son beneficiarios de programas deficientes en materia social (salud); reciben la educación con la más baja calidad; difícilmente pueden aspirar a tener momentos de sano esparcimiento; se ven forzados a aceptar empleos indignos; viven en  entornos familiares indeseables, entre otras razones. Todo ello, los enfrenta a daños en sus condiciones físicas, emocionales y bienestar mental.
No debemos resignarnos, ni bajar los brazos, todos podemos dar más, mucho más. La pobreza exige que comprendamos mejor el fenómeno para desarrollar estrategias más inteligentes. Tal y como decía Einstein: “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo".
En síntesis, cualquiera de las cifras aquí expuestas es de tal magnitud, como para evitar que ninguno de nosotros sea indiferente ante la pobreza. Por ello, estoy convencido de que uno de los valores universales que debiera inculcarse en las escuelas es el de la empatía. Tenemos que comenzar a mirar el dolor ajeno como si fuera propio, solamente así, seremos capaces de transformar a nuestra sociedad.



*Candidato a Maestro en Investigación y Desarrollo de la Educación. Actualmente realiza investigación en el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (INIDE-UIA) 

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