16 de diciembre de 2011

Ideas, personajes y realidad. Sobre los Redentores de Krauze

Por Pedro Flores Crespo*

¿Morir por mis ideales? Nunca, podría estar equivocado”. Esta frase atribuida, sin certeza, a Mark Twain refleja una clara conciencia de las limitaciones que podemos tener los seres humanos cuando suscribimos vehementemente una idea y cuando hacemos de ésta el faro de la acción. La sensatez y flexibilidad de Twain es un valor ausente en los comportamientos del caudillo, revolucionario, jefe o redentor latinoamericano, según podemos advertir en el libro más reciente del historiador Enrique Krauze, Redentores. Ideas y poder en América Latina (2011, México, Debate, 583 pp).
Krauze discute las ideas políticas en América Latina por medio del recurso biográfico y para ello selecciona a doce personajes de la región: José Martí, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, José Carlos Mariátegui, Octavio Paz, Eva Perón, Ernesto Che Guevara, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Samuel Ruiz, Subcomandante Marcos y Hugo Chávez.
Personajes con orígenes distintos, como reconoce el autor, pero que a la vez comparten un elemento común: el uso de determinados sistemas abstractos para inspirar y desarrollar su labor política, artística, religiosa y cultural.
Martí buscaba la independencia; Rodó fue promotor del nacionalismo; Vasconcelos creía en la “redención social por medio del arte”; Mariátegui postuló el indigenismo; Paz fue un “socialista libertario”; Perón mostró el lado populista; el Che, la inmolación; García Márquez, la fascinación por el poder, y Vargas Llosa, la crítica al patriarca, mientras que Ruiz encarnó el misticismo y Marcos y Chávez asentaron su causa política en personajes históricos del pasado, Emiliano Zapata y Simón Bolívar, respectivamente.
Pero la adopción de una ideología no es una cuestión tan simple como parece. Cada personaje revisado en Redentores estuvo expuesto a un largo —e intenso— proceso de reconfiguración ideológica por medio de situaciones personales, desencantos, contradicciones, afinidades, ataques, descalificaciones y autocrítica. Mostrar con detalle esas transiciones ideológicas es uno de los méritos más destacados del libro de Krauze.
Es fascinante saber cómo el gran constructor cultural que fue Vasconcelos terminó su vida abrazando ideologías tan repugnantes como el nazismo. Es interesante observar cómo la preocupación de Perón por el más desprotegido acabó en demagogia. Es igual de aleccionador ver cómo los jóvenes Paz y Vargas Llosa suscribieron los principios revolucionarios y marxistas para finalmente optar, en su madurez, por la democracia liberal. Esta evolución ideológica, por cierto, sigue sin perdonársele a los premios Nobel por sectores de la “izquierda” latinoamericana.
El caso de Paz y Vargas Llosa levanta una pregunta: ¿por qué si se cambia de ideas por medio de la crítica, independencia y sentido de realidad se convierte uno en traidor a la causa, conservador, lacayo del imperialismo o, como ahora está de moda decir, en “neoliberal”? ¿Es mejor mantener las ideas fijas?
Al seguir con fe determinadas ideas para encarnar el “bien” y así “salvar al pueblo”, uno corre el riesgo de fugarse de la realidad y, consecuentemente, de hacer mucho más daño a la gente que se dice defender y representar. De esta práctica Latinoamérica es un amplio mosaico, como lo muestra Krauze.
La realidad de los países latinoamericanos es tan compleja como para pensar que una idea, mito o utopía postulada por el caudillo sanará todos los males. ¿Cómo oponerse entonces a la redención? Según Krauze, por medio de la democracia. “¿Democracia o redención? Ése es el dilema”, según el historiador.
Comparto la idea de que la democracia contrarresta la “personificación de la verdad” y el culto a la personalidad, pero así como lo presenta Krauze, suena simplista. ¿Cuáles componentes de la democracia son los que tendremos que desarrollar para frenar a la encarnación del “bien”? La respuesta está en Redentores, pero no sale a flote.
Preocupación primordial por la persona, por el individuo, pluralidad, reiterar que la “realidad está al servicio de la idea y la idea al servicio de la Historia”, como decía Paz; deliberación pública, apego a la ley, incorporación de la crítica a la vida personal y política, autoexamen, acercamiento cauto a la realidad, flexibilidad al estilo Twain y apertura mental para acoger nuevas ideas, vengan de donde vengan, son, entre otros, los elementos de la democracia que se puede identificar en Redentores, pero que el libro de manera extraña no reitera puntualmente.
Otro vacío del libro de Krauze es la omisión de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en el elenco de redentores. AMLO, por sus cualidades, entraría perfecto en este libro. El político mexicano construye su proyecto de futuro con referentes del pasado, toma parcialmente ideas de sus héroes para guiar su acción política, postula valores superiores —ahora el amor— para no rendirle cuentas a la realidad, su lucha ya no es política, sino un ejercicio purificador, dice saber qué quiere el pueblo (acuérdense de la orden a Juanito en Iztapalapa), pero lo subvalúa (“hasta una vaca puede ganar una elección”) y al sentirse la encarnación del hombre antimafia, puede ningunear a los partidos políticos y cuando se le quiere cuestionar, él responde poniendo etiquetas como a él también se las han asignando ciertos sectores sociales.
Krauze, de hecho, lo ha llamado el “mesías tropical” y éste a aquél, “derechista”. ¿Por qué Krauze no lo incluyó? El caso de AMLO ilustraría claramente cómo en la democracia se puede elegir también a un redentor.
Entonces, el problema y, por lo tanto, la solución a la redención en América Latina es mucho más compleja de lo que se supone.



*Doctor en Política (Universidad de York), es investigador y académico del INIDE (UIA) pedro.flores@uia.mx
Originalmente publicado en Campus Milenio

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