29 de marzo de 2012

Despersonalizar la política educativa

Por Pedro Flores Crespo*
 
En México tendemos a personalizar las cosas y los asuntos públicos. “La educación no avanza porque a Calderón no le interesa”, “la Alianza por la Calidad de la Educación no va a funcionar porque Elba Esther es mala y desleal”. No niego que el presidente de la República esté más enfocado a combatir la inseguridad que a buscar verdaderos cambios en las escuelas o que la lideresa magisterial sea quien todos sabemos que es. Sin embargo, personalizar las políticas por medio de la conducta observada de los actores limita el análisis de éstas y por lo tanto, dificulta su mejoramiento.
Si mañana la maestra Elba Esther Gordillo dejase el puesto de presidenta del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), ¿qué transformación inmediata observaríamos en los aprendizajes de las niñas y niños? Si en julio próximo, alguno de los tres candidatos con posibilidades reales de ganar - Andrés Manuel López Obrador, Josefina Vázquez Mota o Enrique Peña Nieto - asumiera la presidencia, ¿se pondría en marcha el plan educativo que México necesita? Lo dudo.
Aunque el liderazgo del titular del Ejecutivo es importante, las cosas ya no se mueven sólo por la simple voluntad del presidente. Lo decepcionante es que a pesar de vivir esta realidad, los dos candidatos revolucionarios (AMLO y Peña Nieto) la niegan. El primero dice que no necesita la mayoría en el congreso para llevar a cabo sus reformas (El Universal, 15/01/12) y el segundo, propone la creación de mayorías artificiales, según su célebre artículo, “Mayorías en el Congreso para un estado eficaz” (El Universal, 16/03/10). Ambos candidatos son, a mi juicio, un nítido reflejo del régimen autoritario, paternalista e ineficiente que muchos vivimos a lo largo del siglo veinte. Peña y AMLO creen fervientemente que el personaje determina irremediablemente el resultado de las políticas y que las complejas relaciones con los gobiernos estatales, legisladores (afines y opositores), medios de comunicación y con el ciudadano son nimiedades en el proceso de gobernar.
Lo grave del asunto es que los gobiernos panistas tampoco han estado a la altura de las circunstancias. Hasta tuvimos una “pareja presidencial”. Para despersonalizar las políticas, y en específico, las educativas se requería una cultura de gobierno “institucional” y no personalista. Esto se hubiera logrado introduciendo reglas y prácticas que ecualizaran el actuar de las autoridades educativas para evitar discrecionalidades. Se requería formular y apoyar la decisión política en un sistema de planeación y evaluación basado en la pluralidad, en la relación con los distintos órdenes de gobierno y en el conocimiento técnico y científico, el cual es un sistema abstracto construido de manera colectiva, no personal.
¿Entenderá esta nueva realidad la candidata presidencial panista, Josefina Vázquez Mota (JVM)? Pues si quiere ser competitiva, tendrá que proponer mecanismos institucionales para que la política educativa tenga rumbo y dirección más allá de la huella que pueda imprimirle el político que ocupe la silla de José Vasconcelos. Los personajes son importantes pero en democracia es erróneo apostarle al carácter o a los “cojones” del secretario de educación (Dresser dixit).
Lo malo para JVM – y bueno, hasta cierto punto para el ciudadano - es que ya demostró su estilo de gobernar cuando ocupó la titularidad de la SEP. Sabiendo que no tenía el apoyo del presidente, quiso estar dentro ocupando la bella oficina de la calle de Brasil. Ahí suscribió un programa sectorial de educación que ni siquiera tenía un diagnóstico de la problemática educativa del país. De pilón, hizo suyo un programa (Alianza por la Calidad de la Educación) que la dejó expuesta al error del presidente de negociar la suerte de la educación básica del país con un actor extralimitado en sus funciones.
Como es bien sabido, JVM tuvo una relación tensa y conflictiva con la dirigente de la burocracia sindical. Al romperse los lazos con Elba Esther, inexplicablemente, JVM no buscó otros aliados para gobernar de manera eficiente y democrática el Sistema Educativo Nacional (SEN). Por ejemplo, al Consejo de Especialistas para la Educación, que estaba formado por destacados especialistas, científicos, y ex secretarios, lo dejó morir; Josefina no le dio importancia a este órgano asesor del secretario de Educación Pública. ¿Tenía Vázquez Mota temor de ser cuestionada por los especialistas? ¿Por qué no quiso o no pudo ampliar las redes de política con actores diversos para impulsar las acciones que el sistema educativo requería? ¿Por qué no trabajó por despersonalizar la política educativa y así dotarla de mayor eficiencia y dirección?
Dada la complejidad de los problemas, un solo actor por sí solo y por más poderoso que sea, no podrá impulsar los cambios que el país requiere en materia educativa. Habrá que establecer coaliciones, incorporar la crítica y la evidencia empírica en la formulación de planes y políticas, escuchar a los gobiernos estatales y negociar con el legislador (afín y opositor). Construir un esquema de gobernabilidad eficiente y democrático, en donde el personaje sea sólo una parte de la institucionalidad y éste esté sujeto a ella y no viceversa, es uno de los temas pendientes en la agenda educativa de México.


*Doctor en Política (Universidad de York), es investigador y académico del INIDE (UIA). Email: pedro.flores@uia.mx 
Originalmente publicado en Campus Milenio 

No hay comentarios. :

Publicar un comentario