24 de mayo de 2012

Sobre las virtudes, vicios y educación

 Por Pedro Flores Crespo*
A Alessandro
La inhumanidad es una de las posibilidades de la humanidad”, asienta José Antonio Marina (Toledo 1939) en su libro, Pequeño tratado de los grandes vicios (Anagrama, 2011), el cual hace un repaso del “canon de la perversidad” en Occidente desde una mirada histórica y cultural.
Con erudición y claridad, Marina muestra cómo ha cambiado la forma en que miramos la maldad a través del tiempo. Este ejercicio sobresale por la sensatez del autor para tratar temas difíciles. A mi juicio, el autor ofrece una buena lección pedagógica al situarse del lado de la inteligencia antes de apresurarse a exponer juicios morales y no es porque Marina piense que lo malo no existe o que no daña a la persona; al contrario, Marina, es un filósofo profundamente humanista que argumenta que en el momento de tener que diseñar el futuro habrá que confiar en las personas que posean las virtudes básicas (prudencia, justicia, fortaleza, templanza y compasión) y para ello, se requiere la educación.
La “tarea básica” de la educación, refuerza Marina, es promover esas virtudes para que a partir de ellas cada persona se adapte creativamente a su contexto, elabore su proyecto de vida y se produzcan modos de vida digna a partir de la “interacción inteligente” de éstas. ¿Habrá alguna escuela o universidad mexicana que busque cultivar esas virtudes por medio de sus planes de estudios, procesos de enseñanza-aprendizaje y prácticas docentes? ¿Se podría construir una noción de pertinencia educativa a partir de la combinación de las virtudes humanas que sea útil y comparable entre instituciones?
Pero aparte de la lección intelectual, el libro de Marina es útil para recordarnos que los grandes vicios están fuertemente relacionados con las pasiones, aunque aquí marca una gran diferencia: Las pasiones “no son voluntarias, surgen espontáneamente” mientras que los vicios son “aprendidos”. En otras palabras, “las pasiones se convierten en vicio cuando el sujeto las acepta como forma de vida”. Con ello, Marina ratifica la capacidad racional del ser humano para hacer mal.
Pero aquí no termina la historia. El autor toledano observa que en la génesis de la maldad, las pasiones reciben un juicio menos severo que los vicios, ¿por qué? Porque las pasiones pueden ser utilizadas para construir tanto vicios como virtudes. Para Marina, como para tantos otros, en la pasiones hay “fuerza, inevitabilidad y ambivalencia” y con admirable honestidad, escribe que los “griegos, los medievales, los ilustrados, los románticos, los modernos, los posmodernos saben que la fuerza apasionada puede emplearse en un proyecto ascendente o descendente”. Es a partir de esta capacidad creadora que puede haber superación, crecimiento personal o lo que el autor denomina como anábasis.
Con base en la anábasis, Marina procede a analizar los “pecados capitales” y logra una reclasificación de éstos. El resultado es muy sugestivo. Por ejemplo, la soberbia, ese “afán de ser como dioses”, es el primer pecado capital porque es potencialmente peligroso, pero también profundamente humano como para servir de impulsor de la superación. El grado de ambivalencia de la soberbia asusta a la vez de sorprender. La soberbia, escribe Marina, “aprovecha el ímpetu ascendente que mueve la naturaleza humana, y de ahí resulta su atractivo, pero lo pervierte, y de ahí procede su horror”. Horror que pueblos enteros han conocido bajo los regímenes de “soberbios iluminados” como Hitler, Stalin, Mao Zedong, Pol Pot y yo agregaría, uno que otro dictador latinoamericano.
A la pereza, en cambio, Marina la ubica en el séptimo sitio porque cancela la anábasis, es decir, esa capacidad de superación personal. Bajo este pecado, dice Marina, se “detiene el flujo de la vida”, la actividad que “convierte al sujeto en persona”, como afirma Hartmann. Sin funcionamientos no podemos florecer.
Pero a mi juicio, una de las lecciones centrales del libro de Marina es que logra con sólidos argumentos remarcar la capacidad individual de la persona para cultivar tanto la virtud como los vicios; “somos protagonistas de un gran relato de final incierto”, asienta el toledano. Así como los seres humanos tenemos potencialidades que pueden desarrollarse por medio de una buena educación, también podemos traicionarnos y promover los vicios que históricamente han anulado al otro. Esto, interpreto, es un oportuno llamado a tener en México una educación de alta calidad. Sin ésta, los vicios pueden sobreponerse a las virtudes.

*Doctor en Política por la Universidad de York, es investigador y académico del INIDE (UIA). E-mail: pedro.flores@uia.mx 
Originalmente publicado en Campus Milenio

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