14 de junio de 2012

Analfabetismo democrático

Por Pedro Flores Crespo*
El Instituto Federal Electoral (IFE) vuelve a ser cuestionado por parte de uno de los competidores a la presidencia de la república. Para Andrés Manuel López Obrador (AMLO) el IFE no es una institución confiable porque no le ha otorgado el triunfo. El “pueblo”, en cambio, es el garante de sus deseos de ser presidente. Si no gana, sugiere, habrá fraude. Muy mal punto para AMLO advertirnos ya lo que hará la noche del primero de julio en caso de no ganar. Pero el problema con AMLO no es él, sino la cultura política que ha cultivado y con la cual muchos – millones - se identifican. ¿Refleja esta cultura una especie de “analfabetismo democrático”?
El analfabetismo democrático lo entiendo como una condición de desventaja que se expresa cuando a pesar de poder ejercer el voto, algunos son - somos - incapaces de: leer la realidad política, utilizar reglas de la democracia para ganar sin imponerse, discernir entre la afinidad ideológica y el avance democrático o auto cuestionar para dejar de mirarse como alguien moralmente superior a otros. Bajo el analfabetismo democrático una persona no es capaz de aceptar su responsabilidad y se defiende atribuyéndole a otros las consecuencias de sus propias acciones. Contrario al analfabetismo funcional y tecnológico, el analfabetismo democrático es altamente contagioso.
Hace dos semanas escribíamos que la débil democracia mexicana estaba en riesgo tanto por la posible llegada del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la presidencia de la república como por la irresponsabilidad de algunos actores políticos y sociales (Campus 464). AMLO, por desgracia para la izquierda mexicana, es uno de estos actores. Usted podrá rebatirme diciendo que la conducta de AMLO es explicable porque “le hicieron” fraude o porque después de Francisco I. Madero, es el político más atacado, como le gusta decir al candidato de la coalición Movimiento Progresista. Hacerse la víctima es otra expresión muy mexicana del analfabetismo democrático y no embona con el perfil del opositor verdadero.
La vida del opositor en México —como en cualquier otra latitud —es extremadamente difícil, pero por ello mismo se esperaría que aquel líder que desea impulsar el “cambio verdadero” aprendiera constantemente de la realidad, no que la negara o torciera cuando le conviene. AMLO, como todo el mundo, tiene derecho a expresar lo que piensa, pero un político que falsea la realidad a su conveniencia se aleja de la honestidad. Un líder social que no asume su responsabilidad y traslada sus errores a lo que hace el otro, traiciona a sus seguidores y no es un demócrata. Un candidato a ser presidente que basa su moral en la “sabiduría del pueblo”, no comprende lo que ocurre en México.
Después de decir esto, la pregunta es si el “analfabetismo democrático” se puede revertir y cómo. Seguramente, hay diversas respuestas en este sentido, sin embargo quisiera comentar la función del IFE como órgano orientado a “alfabetizar” para la democracia. Como se sabe, la Constitución Política de México mandata al IFE para desarrollar actividades relativas a la educación cívica. Según el Programa Estratégico de Educación Cívica 2005-2010 (PEEC), la “política de educación cívica del Instituto Federal Electoral es una herramienta del Estado y de la sociedad mexicana que busca ayudar a la consolidación de los valores, las prácticas, los procedimientos y las instituciones de la democracia mexicana”. El PEEC constituye, a mi juicio, un significativo avance en la discusión de qué es la democracia y cómo podemos fortalecerla en un país como México en donde, desafortunadamente, amplios grupos de la población no gozan de los derechos básicos para ejercer plenamente su ciudadanía.
El Informe Final del PEEC (2011) da cuenta del esfuerzo por fortalecer la democracia por medio de la educación cívica. Dos son las cosas que a mi juicio sobresalen de este amplio documento. Primero, haber detectado las dificultades para implantar programas orientados a fomentar competencias cívicas en los niveles de educación básica y medio superior. A este respecto, se advierte que la inserción curricular de este tipo de programas podría tener impactos limitados porque sólo se proponen técnicas cuya aplicación es “aislada” lo que contraviene el enfoque de desarrollo de competencias cívicas. Segundo, por medio del Ejercicio Infantil y Juvenil 2009, que buscó promover la libre expresión y la toma de decisiones mediante un proceso democrático, se atendieron a más de dos millones de estudiantes entre seis y quince años. Una de los puntos más sobresalientes expresados por los jóvenes de secundaria fue la necesidad de contar con un orientador/maestro que les proporcione información y los “apoye a evitar abusos y a encontrar formas de relacionarnos con respeto, sin importar nuestras diferencias” (Informe, 2011:52).
Ojala esta lección de los jóvenes sea escuchada por algunos estudiantes de una universidad pública que impidieron a una política contraria a su ideología expresarse, por el maestro radical y sobre ideologizado que roba un examen y por el dirigente social que sólo toma como válida aquella información que le conviene. El analfabetismo democrático, al igual que el funcional y el tecnológico, es un gravísimo problema del país.

*Pedro Flores Crespo es doctor en Política por la Universidad de York, es investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA). E-mail: pedro.flores@uia.mx. Originalmente publicado en Campus Milenio

No hay comentarios. :

Publicar un comentario