28 de junio de 2012

La autoridad académica no existe

Por Pedro Flores-Crespo*
A los jóvenes que dieron origen al movimiento #YoSoy132
En su libro Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades, Martha Nussbaum afirma que las personas que no tienen la capacidad para cuestionarse a sí mismos son fácilmente influenciables. Recuerda que en la Grecia antigua los demagogos podían ejercer una poderosa influencia sobre los atenienses utilizando una buena retórica pero malos argumentos. La gente escuchaba vehementemente al personaje sin meditar lo que decía. La fama o prestigio del orador contaba más que la calidad del argumento. Esto, para la educación de tipo socrática, es inaceptable.
Según Nussbaum, la indagación de tipo socrática es profundamente no autoritaria (unauthoritarian), por lo tanto, el prestigio del orador no cuenta; sólo la naturaleza del argumento; así que aquellos profesores de filosofía que se creen “autoridades” traicionan el legado de Sócrates. Asumirse como “autoridad”, prosigue Nussbaum, sirve para subestimar a los otros olvidando que todos somos iguales ante el argumento.
La educación mexicana está lejos de incorporar la perspectiva socrática y la pregunta es si tal omisión obedece - como varios historiadores han observado - al interés de los regímenes revolucionarios por mantenerse en el poder convirtiendo a la escuela pública en centro ceremonial. En la escuela o universidad mexicana, la figura del maestro y del héroe nacional son incuestionables, el dirigente sindical debe ser recibido de pie y con aplausos de los maestros, al rector debe alabársele todo pues es el “jefe nato” y al académico no se le puede cuestionar feroz y públicamente porque automáticamente tomará las cosas a pecho y de manera personal. Si alguno rechaza practicar tales ritos, lo pagará caro. No becas, no plaza, nada de invitaciones, premios o reconocimientos.
Me atrevo a decir que aquellos que poseemos una genuina vocación por la enseñanza y el aprendizaje tendríamos que rechazar tajantemente la idea de eso que algunos llaman “autoridad académica”. Así podríamos sentirnos más ligeros para desarrollar nuestro trabajo con dedicación y experimentar la “libertad absoluta”. ¿Y esto qué es? Sergio Pitol, en su Autobiografía Soterrada, concibe la libertad absoluta como una “posibilidad de no adular a los poderosos”, ni arrodillarse para lograr premios, homenajes, becas o cualquier otra canonjía”. La lisonja al personaje para lograr favores es característico de sociedades premodernas y antidemocráticas y por desgracia, en la escuela y universidad mexicanas no advierto una determinación general y genuina por desterrar el culto a la personalidad en aras de aprender a argumentar y juzgar el argumento. Siempre es más fácil y rentable, en ambientes clientelares, rendirse ante el personaje que examinar críticamente lo que dice o propone.
Admirar y ensalzar al expositor por sus cualidades externas y no por la calidad de sus argumentos inhibe la crítica, elemento esencial de nuestra vida intelectual y democrática. Roger Bartra, en su libro La fractura mexicana. Izquierda y derecha en la transición democrática dedica un capítulo completo a hablar de la crisis intelectual y las ciencias sociales. Ahí Bartra se hace la pregunta, ¿qué es lo que inhibe la crítica? Responde: “influencia de caciquillos académicos que bloquean el trabajo de aquellos que no comparten sus intereses e ideas”. Al carácter “raquítico de la crítica”, afirma Bartra, se agrega el hecho de que en muchos casos la exaltación desmesurada de alguna obra se debe a que su autor ejerce o ha ejercido poderosos funciones burocráticas o gubernamentales. Para Bartra, esta práctica clientelar del académico afecta los modelos de formación de estudiantes e investigadores jóvenes. “Si los modelos a seguir son obras vacías e insustanciales, se crea un efecto multiplicador de la mediocridad y se institucionaliza un bajo nivel de creatividad”.
Sobre la “exaltación desmesurada” como causa de la mediocridad académica, otro escritor, José Luis Borges, escribió lo siguiente a propósito del trabajo del poeta español Luis de Góngora (1561-1627): “No creo demasiado en las obras maestras (ojalá hubiera muchos renglones maestros), pero juzgo que cuanto más descontentadiza sea nuestra gustación, tanto más probable será que algunas páginas honrosas puedan cumplirse en este país”.
Si los académicos seguimos cultivando la idea de que existe la “autoridad académica”, corremos el riesgo de hacer “contentadiza nuestra gustación” y así inhibir la crítica que es fuente de libertad y creatividad. Si por conveniencia los académicos ensalzamos la figura, prestigio y estatus del colega, maestro o rector, seremos responsables de formar pésimamente a los jóvenes y de reproducir esquemas clientelares dentro de los espacios intelectuales. La “autoridad académica” no debería existir ni ser aspiración en un país como México que a partir de este primero de julio, requerirá de un esfuerzo mayor para defender la democracia.

*Pedro Flores Crespo es doctor en Política por la Universidad de York, es investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA). E-mail: pedro.flores@uia.mx. Originalmente publicado en Campus Milenio. Síguelo en Twitter: @flores_crespo

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