18 de octubre de 2012

¿Premiar la estética o la ética?

Por Pedro Flores Crespo*

A Indra, por su sexta vuelta alrededor del sol.

Octubre es el mes en que se anuncian los prestigiosos premios Nobel. En este proceso, hay festejos, decepciones y sorpresas. La Unión Europea (UE), por ejemplo, obtuvo este año el premio de la paz por haber contribuido, por más de seis décadas, a la reconciliación, democracia y defensa de los derechos humanos en ese continente.
Por otro lado, días antes, en México, se anunció que el Premio 2012 de Literatura en Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) sería para el escritor Alfredo Bryce Echenique. Este anuncio causó gran revuelo debido a que Bryce Echenique fue acusado en 2009 de haber plagiado 16 artículos de 15 autores y por lo cual, fue multado por el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual del Perú (www.indecopi.gob.pe). Aunado al caso de Bryce Echenique, un año atrás, otro escritor, Sealtiel Alatriste, se vio obligado a renunciar al premio Xavier Villaurrutia 2011 por haberse comprobado que utilizó como propios párrafos que no eran suyos.
¿Qué lecciones extraemos de éstos y otros casos de premiación? En primer lugar, que la relación entre ética y estética es compleja y que toma caminos variados. “¿Debe un jurado literario avalar no sólo la obra de un escritor, sino su conducta ética?”, pregunta José Antonio Aguilar (Reforma, 14/10/12). La tensión entre la ética y la estética ha estado presente de manera constante en el caso de los premios Nobel. En el campo de la literatura, recordemos que muchos nos hemos preguntado por qué James Joyce, Carlos Fuentes o Jorge Luis Borges no se hicieron acreedores al Nobel si su obra reveló originalidad y una calidad excepcional. En el caso de Borges, dicen, lo perjudicaron sus inclinaciones político-ideológicas y que nunca se manifestó en contra de los gobiernos militares de su país. Si esto fuese verdad, ¿qué realmente se premia con un Nobel? ¿Calidad literaria o posiciones políticamente correctas para el jurado de ese momento?
Una segunda lección es la importancia que tiene la transparencia en los procesos de premiación. Si bien la tensión entre ser un escritor prominente y una persona ética no es un asunto fácil de resolver, los calificadores de premios y reconocimientos harían mucho bien si explicaran y defendieran públicamente su decisión, tal como lo hizo el escritor mexicano Jorge Volpi. Volpi fue parte del jurado que le otorgó el Premio de la FIL a Bryce Echenique. En un blog, el autor de En Busca de Klingsor (Premio Biblioteca Breve) sostuvo que la elección de la obra de Bryce Echenique se “apegó rigurosamente” a las bases de la convocatoria. Es decir, el jurado no inventó criterios sobre la marcha para beneficiar o perjudicar a los candidatos. Las razones de la elección, sostiene Volpi, “fueron expresadas con absoluta transparencia”. Quizás la transparencia no resuelve las tensiones entre ética y estética, pero al menos sirve para sostener una discusión razonada sobre las distintas causas de la polémica y esto, en un país que desea ser moderno como México, no es poca cosa.
Una tercera lección a considerar, con base en los casos de los escritores arriba mencionados, es si en verdad existe una tensión entre la estética y la ética o si es un continuo. Me explico. ¿La falta de imaginación, creatividad y genio del escritor pueden explicar sus vacíos morales y éticos? Sobre este punto fue revelador que al comentar un poema de Jorge Luis Borges en honor a los defensores de El Álamo, Octavio Paz haya observado que tal poema era “bastante malo, de modo que al deshonor político corresponde, como es justo, el fracaso verbal, poético”. Paz sostiene: “Si un escritor no tiene buenas relaciones con el lenguaje – si se sirve de las palabras en lugar de ser su servidor – tampoco tendrá buenas relaciones con la historia y será el servidor de los poderes de este mundo”.
Cuarta y última lección. Un argumento sugestivo en contra del premio otorgado a Bryce Echenique es el del ensayista José Antonio Aguilar Ramírez. Aguilar, junto con otros académicos de instituciones universitarias, tomó una clara posición al publicar una carta en donde manifestaba su desacuerdo con la decisión del jurado de la FIL. Aguilar Ramírez sostiene que los “aspectos extraliterarios nunca pueden abstraerse del todo de otras consideraciones”, pues un premio representa un “hecho simbólico”, es una “distinción, un mensaje de que la sociedad valora y honra a una persona por sus logros” y esta persona es una “unidad moral” que no puede ser segmentada.
Coincido con el hecho de ver a la persona como una unidad moral indivisible, pero en el argumento de Aguilar Ramírez también observo una sobre estimación de hacerse acreedor a un reconocimiento. ¿Es que acaso un premio hace a la persona? A mi juicio, más valdría no creerse tanto estos “hechos simbólicos” o mensajes de que la sociedad tiene prohombres por cada premio que cosechan. En las razones de la premiación puede haber de todo y por ello, no creo que sea razonable exagerar el significado de los premios y de los reconocimientos.


* Doctor en Política por la Universidad de York, es investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. Originalmente publicado en Campus Milenio.

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