11 de febrero de 2013

¿Sirve de algo el Conacyt?

Por Pedro Flores Crespo*
El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) empezó sus operaciones en 1971 con el propósito de estimular y promover el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Para el ciudadano común este objetivo puede sonar muy abstracto; por ello en esta entrega he querido narrar una experiencia sobre el papel que esta agencia pública ha desempeñado en mi carrera académica.
No es exagerado si digo que el Conacyt, a través de su programa de becas de posgrado al extranjero, permite una movilidad social para aquellos jóvenes que sin el apoyo financiero del Consejo hubiera sido imposible viajar fuera del país para cursar una maestría o un doctorado. En York, Inglaterra, por ejemplo, observaba que había dos grupos de mexicanos. Uno que provenía de instituciones de educación superior privadas – en su mayoría, del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) – y otro cuyas credenciales académicas eran respaldadas por alguna universidad pública del país. Todos los que nos formamos en las escuelas públicas, recibíamos religiosamente el financiamiento de Conacyt mientras que muchos compañeros del otro segmento, costeaban sus estudios con los ahorros que habían acumulado durante su corta vida laboral, con el apoyo familiar o con el grant de instituciones como el Consejo Británico.
Fue también muy interesante observar que la comunidad de mexicanos en York era la más extensa (y diversa) del grupo de latinoamericanos y en esto – intuía -, algo tenía que ver Conacyt. A pesar de que países como Chile contaban con un organismo similar a nuestro Consejo, el número de compañeros de ese país era más reducido que el de mexicanos y su conformación social más homogénea. Los latinoamericanos que estudiaban conmigo provenían, por sus historias y estilos de vida, de la élite económica e intelectual de ese país. Hasta donde sé, no hay un estudio sistemático que muestre cómo el Conacyt, desde sus inicios, ha impulsado movilidad social de académicos en comparación con sus contrapartes latinoamericanas. Quizás aquí habría un indicador de desarrollo científico generalmente obviado.
Pero no todo es miel sobre hojuelas con el desempeño de Conacyt. A lo largo de mis estudios de posgrado (1997-2002) tuve dos sobresaltos que ahora comento con el deseo de que no se repitan en las nuevas generaciones de becarios. La primera sorpresa fue cuando vine a hacer trabajo de campo a México en el año 2000. Haleh Afshar, mi supervisora, me sugirió que como iba a apartarme de la universidad por unos meses, pidiera reducción en la cuota que Conacyt le iba a pagar a la Universidad de York. Así lo hice y la respuesta que recibí me dejó boquiabierto. “Si vas a estar en México por un tiempo te vamos a bajar la beca porque no es justo que tú ganes más que un becario nacional”. Esta fue la respuesta de una funcionaria de Conacyt a mi petición. Reponiéndome de la sorpresa, dije que en primer lugar yo había concursado para obtener una beca al extranjero y eso implicaba una determinada cantidad que estaba estipulada en un pagaré. Segundo, traté de hacerle ver a la funcionaria que el estudio que haría tomaba como caso de estudio a México y que eso era más relevante que tener la beca completa y viajar a Tombuctú a estudiar la función social de las universidades tecnológicas. No la convencí y tuve que adelantar mi vuelo de regreso a Inglaterra.
La segunda sorpresa con las reglas improvisadas de Conacyt la tuve cuando terminé mis estudios de posgrado y regresé a México gracias al fondo de repatriación que administra el Consejo pero sobre todo, a la generosidad de amigos, familiares y maestros como Salvador Ruiz de Chávez, Pablo Latapí Sarre y Carlos Muñoz Izquierdo. Apenas me estaba acomodando en mi cubículo de la Universidad Iberoamericana cuando recibí un correo electrónico de un trabajador del Consejo que, de manera amable, me invitaba a regresar una fuerte cantidad de dinero de la beca porque “Usted se tituló en julio y estuvo becado hasta septiembre”. Hubiera estado más contento si alguien me escribe diciéndome que el Conacyt sabía que había terminado mis estudios a tiempo; la morosidad e incumplimiento de otros becarios del Consejo no es menor. Sin embargo, la “gentil petición” la arreglé volviendo a argumentar que yo tenía un pagaré firmado por una cantidad y que había cumplido en tiempo los requisitos que marcaba el Consejo. Además, le expresé también a ese funcionario que nunca leí una cláusula que dijera: “por ningún motivo usted puede terminar su doctorado antes; en caso de hacerlo, regresará el remanente de la beca”.
Pero la burocracia siempre deja sinsabores que, en mi caso, han sido mínimos en comparación con las posibilidades de apoyo del Conacyt. En 2008, por ejemplo, solicité fondos para desarrollar la línea de investigación sobre Análisis de Política Pública en Educación (APPE) y al obtener los recursos, pude ir conformando un campo de estudio que ha generado diversos frutos tales como una constante interlocución con académicos nacionales e internacionales. Asimismo, ese tipo de proyectos me han permitido apoyar la formación de jóvenes con aspiraciones académicas que ahora, gracias también al Conacyt, cursan sus estudios de posgrado en el extranjero. La transmisión intergeneracional de ese misterio que es la vocación fue posible gracias a los esquemas de desarrollo científico del Consejo.
Y cuando el medio académico internacional me volvió a atraer, el Conacyt respaldó mi solicitud de beca para realizar una estancia sabática y así volver a Inglaterra para estudiar cómo podían las políticas educativas ser más efectivas. Con ello, viví uno de los periodos más tranquilos, felices y productivos de mi vida académica. Dice Amartya Sen que los individuos vivimos y actuamos en un mundo de instituciones y que nuestras oportunidades de desarrollo dependen de la existencia de éstas y de su funcionamiento. La experiencia narrada aquí corrobora plenamente las observaciones de Sen, un especialista en bienestar.

* Doctor en Política por la Universidad de York, es investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. Originalmente publicado en Campus Milenio.

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