12 de abril de 2013

¿Sirve la protesta al desarrollo educativo?

Por Pedro Flores Crespo*

A mi amigo, Juancho Barrón
La agitación política derivada de la incorformidad ha sido, históricamente, un motor de cambio y de transformación. Diversos autores han demostrado que a medida que se expanden las libertades políticas (deliberación, crítica pública, participación ciudadana, prensa libre), también se pueden consolidar otro tipo de libertades relacionadas directamente con la vida de las personas. El silencio, en cambio, puede ser un aliado de la injusticia (Sen).
Sin embargo, como cualquier ejercicio de libertad, el hecho de protestar conlleva ciertas responsabilidades. La primordial: no pisotear los derechos del otro. Lanzar piedras, destruir negocios, quemar exámenes, hacer pintas, bloquear vialidades y golpear a policías para luego amenazarlos con raparlos y desnudarlos, como lo hicieron algunos miembros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG) no es protesta, sino vandalismo.
¿Qué gana la educación con estas actitudes de los profesores? ¿Qué libertades se expanden con las posiciones irreductibles de los disidentes? “O son ellos o somos nosotros”, dijo Minervino Morán, vocero de la CETEG, ante las declaraciones del secretario de Educación Pública de que todo aquel maestro que no vaya a trabajar, de manera injustificada, se le descontará el día y si persiste, se le podrá correr. ¿A qué aspira la CETEG? ¿En verdad pensarán los maestros disidentes que pueden lograr apoyo del “pueblo” al mostrar una creciente radicalización? No parece muy convincente dejar a los niños sin clases y luego pedir apoyo popular.
Esto no es para decir que la reforma educativa es perfecta y que no merece ser cuestionada. Al contrario, la crítica — no el escándalo— puede servir como un insumo para mejorar sustancialmente las políticas educativas, las cuales, en última instancia, están orientadas para resolver los problemas que afectan la vida de las personas. La crítica en los estados de Guerrero y Oaxaca está más que justificada en virtud del ineficiente desempeño de sus respectivos sistemas educativos. En Guerrero y Oaxaca, la población analfabeta mayor de 15 años es, respectivamente, de 18.9 y 15.3 por ciento cuando a nivel nacional este indicador alcanza poco más de siete por ciento (INEE, 2012). ¿Cómo proponen los maestros disidentes abatir esta injustificada situación en que viven sus coterráneos? Así como la reforma educativa no tocó el tema del rezago, los agitadores tampoco han hablado sobre la carencia de oportunidades para saber leer y escribir.
Los estados de Guerrero y Oaxaca, además, registran el Índice de Progreso Educativo (IPE) más bajo a nivel nacional, según el Instituto Innovación Educativa del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (61 y 61.9, respectivamente). Esto significa que ambas entidades no han podido combinar armónicamente cobertura, calidad y logro escolar para los niveles de primaria, secundaria y educación media superior. “Es la pobreza”, dirán algunos. Puede ser, pero por qué Chiapas, otra entidad con graves carencias socioeconómicas, ha podido elevar constantemente el nivel de “progreso educativo” mientras que Oaxaca y Guerrero se desplomaron. ¿No será que la ineficiencia de los sistemas educativos —que es contraria a la justicia social— es producto del papel que han desempeñado, históricamente, tanto autoridades educativas como actores no gubernamentales? ¿Quién es el valiente que en lugar de lanzar piedras y pintarrajear paredes, dispara una crítica sobre el papel que han desempeñado la CETEG, la sección XXII y la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) en el progreso educativo de estados como Oaxaca y Guerrero? ¿La izquierda? ¡Ni pensarlo! “Eso sería darle municiones a la derecha”, dirían. Bueno, ser parcial y selectivo en la crítica también causa injusticias. Ve Usted como cada actor tiene responsabilidad en lo que le ocurre a la educación de México.
Las protestas magisteriales recientes preocupan no sólo por el creciente nivel de beligerancia, sino también por la inmadurez política que revelamos algunos actores. Gobernadores amagados, disidentes violentos, legisladores alienados y maestros que por la “lucha social” dejan a niños sin clases —a esto Carlos Monsiváis lo llamaría “el amor a lo contraproducente”. ¿En qué siglo vivimos? ¿Debemos revisar los actos de protestas a la luz de las libertades democráticas de México y del mundo? ¿Qué protestas han servido al pobre? ¿Es la agitación política una expresión invariablemente positiva para el sector educativo del país? ¿Son los activistas autónomos e independientes o responden a lógicas corporativas? Sobre este último punto, Salvador Martí e Iván Llamares, de la Universidad de Salamanca, encuentran que en las protestas postelectorales de 2006, las movilizaciones fueron mayoritariamente promovidas por los partidos; pero no todos los partidos. El Partido del Trabajo (PT) y Nueva Alianza (Panal) fueron muy activos en promover protestas callejeras y lo más sorprendente, la repartición de regalos parece haber incentivado, en gran medida, las movilizaciones de ese año(1).
Si la protesta está para mejorar las condiciones de vida de las personas, tendremos que estudiar —sin sentimentalismo— la movilización de los profes de Guerrero y Oaxaca. Habrá que hacer una crítica frontal de sus estrategias, demandas y omisiones y sobre todo, llamar la atención a que esas dos entidades, pese a las históricas protestas de sus mentores, siguen en el piso del progreso educativo. Evadir la responsabilidad, no es algo que un buen maestro le podría enseñar a un menor.
1 El estudio de Martí y Llamares aparece en el libro, La democracia en México: Un análisis a 10 años de la alternancia (Martí, Ortega y Somuano, eds., 2011, España: Bellaterra).

Pedro Flores Crespo es Doctor en Política por la Universidad de York, investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. 

Originalmente publicado en Campus MilenioFoto: Ibero / Proceso.

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