23 de mayo de 2013

Homofobia, racismo y educación

Por Pedro Flores Crespo*
—A la familia Arrastio, con aprecio y exigencia de justicia.
El pasado 17 de mayo se celebró el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Esta fecha se hizo célebre porque de acuerdo con la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), se eliminó, en 1990, la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales por parte de la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS). ¿Cómo es posible que la homosexualidad haya sido considerada como una enfermedad mental?

La ignorancia no sólo se introdujo en los círculos médicos; sino que también llegó a las leyes. En el prólogo de la Estatua de Sal de Salvador Novo (1904-1974), Carlos Monsiváis narra cómo el Estado mexicano penalizó la preferencia sexual distinta a la de la mayoría. En 1931, el Código Penal de Veracruz, por ejemplo, establecía como “estado peligroso” el hecho de ser “invertido”. Ser homosexual, según esa leyes, aumentaba la probabilidad de delinquir.
La institucionalización del prejuicio ha servido para negar la libertad individual, dañar el cumplimiento de los derechos humanos y distorsionar nuestras relaciones sociales. Por atributos específicos (preferencia sexual, color de piel, estado físico, origen étnico o clase), hemos discriminado y también hemos sido excluidos. ¿Cómo están los establecimientos escolares enfrentando la discriminación, el racismo y la homofobia? ¿En qué medida la educación sexual contribuye al entendimiento de la diversidad humana y sexual? ¿Son las escuelas y universidades mexicanas capaces de abatir el prejuicio y cultivar la razón?
El panorama no es muy alentador. Manolo López y el que escribe señalamos en Campus (02.02.12) que de “acuerdo con una encuesta realizada por el Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH/Sida y la Agencia de Noticias sobre Diversidad Sexual (Anodis), 87 por ciento de los encuestados refirieron que siempre, casi siempre o algunas veces era necesario ocultar su orientación sexual en el ámbito escolar por miedo a ser discriminado”.
Esta encuesta, proseguimos, “también reveló que los principales agentes de discriminación en los centros educativos son los compañeros de clase. Del 57 por ciento de los encuestados que aseguró haber recibido maltrato o agresión en la escuela debido a su apariencia u orientación sexual, 92 por ciento aseveró que las agresiones provenían de sus propios compañeros, mientras que el 8 por ciento restante notificó que fueron discriminados por maestros, directores, personal académico o padres de familia”.
¿Recibir educación y lograr buenas calificaciones refleja, invariablemente, que somos personas tolerantes? ¿Está relacionado el nivel de escolaridad con el desarrollo de la razón? ¿Somos los universitarios más compasivos y tolerantes que la gente que no ha tenido la oportunidad de estudiar una carrera? Requerimos más información para poder responder a estas preguntas; sin embargo, esto no obsta para recordar dos manifestaciones que preocupan si seguimos considerando a la universidad como una institución vital para la democracia y la modernidad.
Primero, fue sintomático que durante las campañas políticas del 2012, los distintos candidatos a la presidencia no pudieran ir a las diversas universidades públicas del país a exponer sus ideas, dialogar con sus comunidades y debatir de manera civilizada. ¿Qué justificaría, desde el estudio de la Universidad, tal manifestación de cerrazón e intolerancia? Discriminar por diferencia ideológica o partidista es lo mismo que hacerlo por origen étnico, condición física o color de la piel.
Segundo, es grave también corroborar que en los estadios universitarios de fútbol la tolerancia no es una cualidad del recinto, sino al contrario. Con un halo de nacionalismo, en algunos, se canta un himno de pie y con la mano alzada y pobre de aquel despistado que su camiseta o banderola lo delate que pertenece al equipo contrario, los guardianes del campus se encargarán de hacerle sentir que no pueden disfrutar juntos un espectáculo deportivo. ¿Es necesaria tal actitud para demostrar apego, cariño, pasión o mera identificación por un equipo de fútbol universitario? ¿Y qué lección dejó la afición Puma —posiblemente compuesta por universitarios y no universitarios—, al imitar sonidos de mono cada vez que Christian Benítez, jugador del América, tocaba el balón durante el juego de cuartos de final en el Estadio Azteca? ¿Qué posición asumió el Club Pumas al respecto? Hasta donde pude ver, no hubo un rechazo tajante de las actitudes racistas de sus hinchas.
Estas críticas no son para “dañar” a la universidad o alimentar el delirio de persecución de algunos universitarios que creen que todos quieren atacar a la universidad “pública”. Hacer mutis, relativizar o minimizar los hechos como los ocurridos en el Azteca (“ya ves como somos los mexicanos”, “eso ocurre en todos los estadios del mundo”), solamente contribuye a institucionalizar la discriminación y el racismo y los universitarios idealmente servimos para otras cosas.

Pedro Flores Crespo es Doctor en Política por la Universidad de York, investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. 
Originalmente publicado en Campus Milenio. Foto: Excelsior/Yahoo.

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