31 de julio de 2013

¿Formamos buenos lectores en la universidad? Las respuestas de la RMIE

Por Pedro Flores Crespo*

Hay distintas formas de comprobar que una comunidad científica madura y se consolida. Una de ellas es el establecimiento de una revista o journal especializado en donde se publican y debaten los últimos desarrollos y avances del conocimiento en un área o campo determinado. El Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), que agrupa a más de 500 académicos de distintas universidades y centros de investigación del país, cuenta, desde 1996, con su Revista Mexicana de Investigación Educativa (RMIE).
Junto con otras revistas científicas, la RMIE se ha consolidado a lo largo del tiempo al grado de que el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) la considera como la realizadora de un “excelente trabajo editorial” y por lo tanto, la ratificó dentro del Índice de Revistas Mexicanas de Investigación Científica y Tecnológica hasta 2017. Aparte de estar en este índice, la Revista figura en la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal (Redalyc); Scientific Electronic Library On-Line (Scielo); Catálogo de Publicaciones Seriadas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal (Latindex); Directory of Open Access Journal (Doaj); Hispanic American Periodicals Index (Hapi); International Consortium for the Advancement of Academic Publication (Icaap) y en Scopus by the Content Selection & Advisory Board (CSAB), entre otros.
En el último número de la RMIE (57) —que usted puede seguir en el Twitter @rmie o consultar gratuitamente en  www.comie.org.mx —, aparece una magnífica selección de artículos compilados por Alma Carrasco, Fátima Encinas, María Cristina Castro y Guadalupe López Bonilla sobre la escritura y la lectura académica de los estudiantes de bachillerato y de la universidad. ¿Se sabe leer y escribir lo suficientemente bien en el nivel de educación media superior y superior? ¿Por qué los estudiantes presentan dificultades para hacer una síntesis y construir argumentos? ¿Cómo se podrían convertir los jóvenes en lectores competentes? 
Este número temático de la RMIE llega en un momento muy oportuno. Los niveles post básicos van a recibir a un mayor número de jóvenes dada la composición demográfica del país y las reformas emprendidas en el bachillerato. Ante el inminente aumento de la demanda, la pregunta es si estamos preparados en la universidad y en el bachillerato para atender a más jóvenes y formarlos mejor. ¿Podremos “alfabetizar académicamente” a los jóvenes, como sugiere Paula Carlino en la RMIE? Alfabetizar a los estudiantes del nivel bachillerato y universitario significa ayudarlos a participar en “prácticas discursivas contextualizadas”. Este tipo de alfabetización, sostiene Carlino, “no puede lograrse desde una única asignatura ni en un sólo ciclo educativo […] incumben a todos los docentes a lo ancho y largo de la universidad”. 
Junto con Carlino, distintos autores analizan y discuten en la RMIE los procesos de lectura y escritura de los estudiantes y arrojan luz sobre los procesos pedagógicos e institucionales de los bachilleratos y de las universidades de México y América Latina. En este sentido, Luz Eugenia Aguilar y Gilberto Fregoso de la Universidad de Guadalajara advierten que las estrategias para apoyar la lectura de textos científicos en el posgrado son “escasas”. Por lo tanto, son los propios estudiantes quienes solos se las arreglan para construir sus estrategias al momento de interactuar con este tipo de textos. Si esto es una práctica general, no nos extrañe que, eventualmente, el grupo de postgraduados se divida de acuerdo con su nivel de competencia lectora propiciando las típicas condiciones de desigualdad dentro de la universidad mexicana.
Dar por sentado que las competencias lectora y de escritura académica existen invariablemente en los jóvenes bachilleres y universitarios es un error que podría acarrear graves consecuencias para la equidad educativa. Si en la educación básica se ha trabajado arduamente para fomentar la lectura, en el nivel de bachillerato y universitario aún hay retos que enfrentar. Esta es una lección que deja la RMIE y su número especial sobre un tema poco conocido, pero muy frecuente para los que nos dedicamos a la docencia universitaria. 
Además, construir argumentos no sólo es útil para la trayectoria académica o profesional del joven, sino también para el despliegue de sus capacidades democráticas. En este sentido, el texto de María Cristina Castro (Universidad Autónoma de Tlaxcala) y Martín Sánchez Camargo (Universidad de las Américas) adquiere gran relevancia para el debate educativo actual. Al analizar 40 ensayos escritos por jóvenes universitarios, se demuestra que (1) hay una estructura “prototípica” en este tipo de textos, (2) en ocasiones la citación no es aprovechada, (3) en lugar de la confrontación de ideas impera un tono normativo y (4) la expresión de opiniones propias es escasa. ¿No son estos hallazgos de la investigación científica dignos a tomar en cuenta en el diseño del “nuevo” ciclo de políticas en educación superior?
¿Qué tipo de universidades están realmente cumpliendo con su función de formar profesionales con la capacidad argumentativa necesaria para actuar dentro de nuestra democracia? Estamos a la espera de conocer las propuestas de política de la Subsecretaría de Educación Superior (SES) en el plan sectorial y ojalá que el tema de la escritura y lectura académica aparezcan como una propuesta central para orientar, desde la pedagogía, la equidad y el desarrollo de la educación superior de México.

* Pedro Flores Crespo es Doctor en Política por la Universidad de York, investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. Originalmente publicado en Campus Milenio

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