17 de agosto de 2013

¿Por qué la desigualdad no puede abatirse? En memoria de Pablo Latapí Sarre

Por Pedro Flores Crespo*
Imagine no possessions, I wonder if you can
-Imagine, John Lennon

Hace algunos días el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) dio a conocer los datos sobre la pobreza en México. Pese a que la pobreza extrema se redujo de 13 a 11.5 millones de personas en dos años, no podemos echar las campanas al vuelo. En nuestro país aún viven 53 millones de pobres, lo que representa 45 por ciento de la población. Esto significa que cuatro de cada diez mexicanos tiene al menos una carencia social (educación, salud, seguridad social, vivienda) y sobrevive con un ingreso por debajo de la línea de bienestar.  
Además, la pobreza ha crecido ligeramente en algunos grupos que enfrentan profundas desigualdades como el de las personas con capacidades diferentes. ¿Por qué no hemos podido aminorar de manera significativa la pobreza y la desigualdad si México se encuentra entre las primeras 15 economías del mundo? Hay distintas explicaciones. Por un lado, están los que piensan que el responsable de todo lo malo es el “neoliberalismo” y por lo tanto, opinan que hay que “cambiar el modelo”. Por otro lado, encontramos a los que abogan por un cambio de reglas institucionales (leyes, normas) y entre ellos, podemos hallar a muchos de los que ahora promueven las famosas “reformas”. A la par de las justificaciones estructurales e institucionales, en México no puede faltar la explicación maniquea: “es que gobierna una mafia desalmada; cuando llegue yo que soy puro y bueno— a la presidencia, todo cambiará”. Ajá.
Pero existe otra explicación que complementa las explicaciones estructurales e institucionales y que aquí llamaría “internalista” por partir de las actitudes, comportamientos y expresiones de los individuos que vivimos en México. Este perspectiva sugiere que la desigualdad en México no puede abatirse porque simplemente “nos gusta” (Schettino). ¿Es verdad que gozamos siendo desiguales? Lo que parece evidente es que como sociedad, no trabajamos por penalizar la desigualdad, sino que la promovemos y alabamos. Va un simple ejemplo. Hace años vi un programa en la BBC en donde se narraba la vida de Francis Crick (1916-2004), ganador del premio Nobel por ser uno de los descubridores de la estructura molecular del ADN (ácido desoxirribonucleico). Como muchos académicos, terminaba su trabajo en el laboratorio y se trasladaba a su casa de Londres en un autobús público (double decker). Por esos días, también observé a un rector de una prestigiosa universidad pública de México que junto con un séquito viajaba en un camionetón, tenía guaruras y pedía alfombra roja para llegar a inaugurar ceremonias académicas. 
¿Qué diferencias existen entre el comportamiento del “señor rector” y del ganador del premio Nobel? La primera es el presupuesto que invierte uno y otro en trasladarse, segundo, la decencia del Nobel, y tercero que en Inglaterra no se considera extravagante que los académicos y los políticos— usen el transporte público. Lo grave del asunto es que en México tampoco se ve a la ostentación como algo descabellado. Normalizamos la fantochez. “Que se vea quién tiene más”. Tristemente, la valoración social que hacemos de la persona reside en sus bienes materiales y en la parafernalia que la cubre. 
Si le damos un espacio a la explicación internalista de la prevalencia de la desigualdad, quizás haya esperanza de poder generar un cambio sin tener que esperar a que los reformadores se pongan de acuerdo o a que el “sistema” se apiade de uno. Si en el interior de nosotros hay una consciencia de que hemos sido en lo personal y social promotores de la desigualdad, quizás también exista una posibilidad de cambiar. La pregunta es si podremos, como canta Lennon. ¿Si somos parte de una acto de injusticia que personalmente nos beneficie e hinche el bolsillo, lo denunciaremos o haremos mutis? ¿Es leal hablar sobre justicia y equidad mientras buscamos mantener intactos los intereses personales? ¿El “compromiso” con la igualdad se acaba cuando crecen nuestros deseos?
En su libro Finale Prestissimo (2009), Pablo Latapí Sarre, impulsor de la investigación educativa como campo de estudio científico, argumenta que “leer a México desde sus pobres requiere valor; implica desprenderse del ideal de realización humana del mundo rico (que por años habíamos internalizado)”. Como buen filósofo humanista, Latapí piensa que en los individuos existe una virtud: la autorquía o dominio de sí mismo, que nos puede ayudar a auto limitarnos por una razón ética, por un sentido de libertad respecto de los bienes materiales y sobre todo, por compasión hacia los demás. ¿Enseñamos esto con nuestras expresiones y comportamientos diarios en las escuelas y en las universidades de México? 

* Pedro Flores Crespo es Doctor en Política por la Universidad de York, investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. Originalmente publicado en Campus Milenio

No hay comentarios. :

Publicar un comentario