26 de septiembre de 2013

De Schumann a Silvio Rodríguez. Canción, poder y sentimiento

Por Pedro Flores Crespo*

La música expresa aquello que no puede ser puesto en palabras

y que tampoco puede permanecer en silencio.
—Víctor Hugo

Juan Gabriel dice que la música, y en específico, la canción, es la forma de expresión artística que más rápido llega a la gente, al pueblo. Si esto es verdad, entonces se puede afirmar que la música no sólo es valiosa por su valor intrínseco, sino que puede desplegar “funcionalidades extra artísticas”, usando el término de Diego Fischerman. La canción política, también llamada, “canción de protesta” es quizás un claro ejemplo de esa funcionalidad extra artística, ya que al escucharla no sólo apreciamos ritmo, armonía y melodía, sino también el mensaje político contenido en la letra. Esto nos lleva a preguntar— como lo han hecho otros tantos críticos: ¿Por qué vale ese tipo de música? ¿Por su valor estético o por la posición ideológica que asume?
La canción política o “de protesta” es una fusión creativa de diversas dimensiones humanas y juzgarla por una sola cosa puede ser una trampa y freno para el goce. Si usted escucha con atención, algunas piezas de la “nueva canción latinoamericana”, se denuncia con gran sensibilidad, bajezas políticas. Me refiero específicamente a la canción “Por quién merece amor” de Silvio Rodríguez, la cual fue compuesta por el cantautor ante las “amenzantes maniobras” del gobierno de Estados Unidos (EUA) frente a un supuesto apoyo de Cuba a la lucha de liberación de El Salvador en la década de los ochenta. Silvio se pregunta: en caso de que esta solidaridad hubiese sido cierta, ¿cabría explicar el sentimiento que la alentó? Por eso canta: “Te molesta mi amor, mi amor sin antifaz […] Mi amor no precisa fronteras, como la primavera no prefiere jardín […] Mi amor no es amor de uno solo, sino alma de todo lo que urge sanar”. Algún escucha no avezado en cuestiones anti imperialistas quizás no advierta el reclamo musical a EUA, sino simplemente, el significado amoroso.
¿Y no fueron acaso los románticos del siglo dieciocho los que borraron las líneas entre música y crítica? John Burrows nos recuerda que Hector Berlioz (1803-1869) y Robert Schumann (1810-1856) escribieron cuestionamientos al igual que música. “Soy sensible a todo lo que ocurre en el mundo y por ello, anhelo expresar mis sentimientos por medio de la música”, dijo Schumann.
Pese a que varios países tuvieron dignos representantes de la canción política —como puede verse en el elenco de los festivales sobre esta música (Festival des politischen Liedes) realizados de 1970 a 1990 en la República Democrática Alemana (RDA)—, América Latina parece tener una voz cantante en este género musical debido, quizás, al romanticismo que nos caracteriza y a la desafortunada presencia de dictaduras, regímenes militares y golpes de Estado en la región. 
En ciertos exponentes de la “nueva canción latinoamericana” se encuentra, además, un elemento poco común para la izquierda marxista de los años sesenta o setenta: El elemento religioso. “El Cristo de Palacaguina”, canción compuesta por el nicaraguense Carlos Mejía Godoy, podría sonar a “disonancia ideológica”, pero cuántos cantadores y revolucionarios latinoamericanos no hicieron suyos sus versos. La mexicana Amparo Ochoa (1946-1994), por ejemplo, la cantó con su particular estilo. “Cristo ya nació en Palacaguina de Chepe Pavón Pavón y una tal María ella va a planchar muy humildemente la ropa que goza la mujer hermosa del terrateniente/José el pobre jornalero se mecatella todito el dia, lo tiene con reumatismo el tequio de la carpinteria, María sueña que el hijo igual que el tata sea carpintero pero el cipotillo piensa, mañana quiero ser guerrillero.” 
Guiarse entonces por criterios únivocos, sean éstos religiosos o ideológicos, merma la apreciación musical. Así como en un ensayo musical alguien desafina, en política, muchos nos podemos equivocar y sonar bastante destemplados.
Por la fuerza de llegar al pueblo que Juanga le atribuye a la canción es que ésta, cuando es política, puede llegar a ser poscrita y lo peor, a sus intérpretes se les puede perseguir, encarcelar y asesinar. ¿Quién mejor que el chileno Víctor Jara (1932-1973) para ilustrar esta barbarie? La canción y el arte no son inocuos para el poder autoritario. Por ello, en Chile, Argentina, Uruguay y Brasil se prohibía la canción política, aunque no por ello, no se escuchaba profusamente. En México, por ejemplo, se crearon hoyos llamados “peñas” para escucharla y sentirla. Ahora parece que las peñas quedaron ya más como espacios nostálgicos que como sedes para la reivindicación política. ¿Qué futuro tendrá la canción política a medida que la democracia en nuestros países se ha instaurado? Injusticias siempre habrá que denunciar al igual que la sensibilidad inteligente de nuestros grandes cantautores latinoamericanos nunca se va a agotar y entonces seguiremos disfrutando la creatividad artística, que es esencia del ser humano.


* Pedro Flores Crespo es Doctor en Política por la Universidad de York, investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. Originalmente publicado en Campus Milenio.

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