7 de noviembre de 2013

Boaventura de Sousa: ¿refundación del pasado en América Latina?

Por Pedro Flores Crespo*

Soy la retaguardia de una vanguardia que ya está a una legua de aquí. —Arturo Pérez-Reverte en Ojos Azules.

Gracias a mi clase de Teoría del Cambio Político pude leer a Boaventura de Sousa y conocer las reflexiones de este académico portugués de 73 años. En varias sesiones, los estudiantes y yo hemos abordado su texto, Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una Epistemología del Sur (2010, Siglo XXI) como una mirada complementaria a la corriente dominante sobre el tema, la cual la constituyen a nivel internacional, Samuel Huntington y Leonardo Morlino, principalmente, y a nivel nacional, Benito Nacif, Sergio Aguayo, Lorenzo Meyer y Carlos Elizondo, entre otros.
Los argumentos de De Sousa han sido muy útiles para la discusión en clase por al menos tres razones. Primero porque reconoce el papel que desempeñan algunos grupos sociales —mencionados como “tradicionales” por otras vertientes de la literatura— en los procesos de cambio político. Los movimientos indígenas, de campesinos, afrodescendientes y feministas son centrales porque cuestionan con sus demandas públicas, tanto las “teorías convencionales y eurocéntricas” como los arreglos institucionales de algunas naciones. La plurinacionalidad, según de Sousa, “implica el fin de la homogeneidad institucional del Estado”. En resumen, para este autor habrá que pensar cómo tener una nueva organización territorial que respete el ambiente y los derechos “ancestrales”, qué hacer para impulsar la “democracia intercultural”, la participación ciudadana y el “pluralismo jurídico” en donde, según de Sousa, se enfrentan la “legalidad demoliberal” y la “legalidad cosmopolita”. Esta diferenciación de encuadres normativos, seguramente, motivará dudas y cuestionamientos de la corriente legalista o institucionalista.
Segundo, mientras varios autores establecen como el fin de la transición democrática la construcción de sistema de democracia representativa (O´Donnell, por ejemplo) o fijan como principal horizonte del cambio político a la democracia “sin adjetivos” (Krauze), de Sousa quiere ir más allá y para ello, vuelve a usar a los movimientos sociales para sostener que éstos han “subvertido” los fundamentos de la literatura sobre la transición democrática de tres maneras. La primera es cuestionando el inicio y término de la transición (“la transición pudo haber comenzado con la resistencia al colonialismo”), segundo, “el concepto de tiempo que gobierna la transición (el tiempo cíclico de los antiguos versus el tiempo rectilíneo del progreso) y tercero, cuestiona “totalidades” homogeneas como dictadura y democracia cuando existen, según de Sousa, “universos culturales con cosmovisiones propias”. ¿Es Boaventura un defensor del relativismo cultural? Al parecer no, según sus propias palabras. Se manifiesta, mas bien, por un diálogo y “traducción intercultural”. ¿Alguna novedad en ello?
El tercer aporte de de Sousa a la discusión del cambio político es que plantea una relación distinta entre avance democrático y desempeño económico. Mientras autores como Huntington no establecen referentes éticos para hablar del progreso económico y del cambio político, de Sousa toma la experiencia de las constituciones de Ecuador y Bolivia para decir que es el “buen vivir” (sumak kawsay o suma qamaña) el “paradigma normativo de la ordenación social y económica”. La idea del modelo económico de de Sousa se asienta en la solidaridad y en la soberanía y parece preferir el crecimiento “desde adentro”; de esta manera, sugiere que las relaciones capitalistas globales no deben determinar la “lógica, la dirección y el ritmo del desarrollo nacional”. 
Que un académico ofrezca elementos para enriquecer el análisis del cambio político, no signifique que sea inmune al cuestionamiento, esencia misma de la vida universitaria. Basado en la vocación indigenista de José Carlos Mariátegui, las ideas (sesenteras) de Pablo González Casanova sobre “colonialismo interno” y la admiración por los recientes regímenes neo populistas de Ecuador, Venezuela y Bolivia, de Sousa asume que lo que pasa en esos países tiene “una importancia continental y mundial”. Es sorprendente que del estudio y fascinación que le causan tres regímenes políticos, de Sousa pase a la generalización “continental”, como bien cuestionaron los estudiantes del seminario. Queda la impresión de que Boaventura de Sousa cae en la clásica idealización de la vida latinoamerica, lo cual, históricamente, ha sido muy común. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, ha hecho notar que América Latina ha sido “una realidad ficticia” en la que algunos europeos “vuelcan sus utopías fallidas y con las que se resarcen de sus decepciones”. ¿Es éste el caso de de Sousa? Una segunda crítica que surgió en el seminario fue el ataque exacerbado a la teoría social “occidental” y a la democracia “liberal” cuando el propio de Sousa utiliza dos principios básicos de esta forma de gobierno para sostener sus argumentos: la pluralidad y la tolerancia. ¿Entonces por qué ser tan áspero? Tengo la impresión de que de Sousa va a ser —sino que ya es —muy popular en algunos círculos político-académicos en donde prevalece la explicación dicotómica de las injusticias, de la realidad; en donde la adjetivación se utiliza para fines reivindicatorios más que analíticos y en donde el clisé actúa como un atajo del pensamiento (“darle voz a los sin voz”, “necesitamos un pensamiento alternativo de alternativas”). El entusiasmo político hace ganar aplausos pero también obnubila.
Por último, una tercera crítica a de Sousa es su posición de atribuirle a la teoría social contemporánea propósitos incomensurables como el hecho de poder cambiar la realidad. Por ello, habla de que no necesitamos “teorías de vanguardia”, sino de “retaguardia”, es decir, “trabajos teóricos que acompañen “muy de cerca” la labor transformadora de los movimientos sociales. Un reloaded de la “investigación-acción”, es lo que parece proponer de Sousa para hacer más un trabajo de “testigo implicado” y menos de “liderazgo clarividente”. ¿Y la diversidad epistemológica para explicar la realidad?
Uno de los atributos del intelectual es provocar, diría Soledad Loeza y eso finalmente hizo Boaventura de Sousa con su libro en un seminario de Teorías del Cambio Político. Que el diálogo y la crítica continúen; pues así también se construye conocimiento sin tener que buscarle un origen nacional al ejercicio intelectivo.

Postcriptum: Agradezco a Luis David, Saúl, Alonso, Octavio y Lorena, brillantes estudiantes de posgrado, sus discusiones y comentarios en clases pues sin ellos hubiera sido difícil expresarme en un artículo.


* Pedro Flores Crespo es Doctor en Política por la Universidad de York, investigador y académico del  Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (UIA): pedro.flores@uia.mx. Síguelo en Twitter: @flores_crespo. Originalmente publicado en Campus Milenio.

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