12 de marzo de 2015

La propia voz. Natalia Sánchez González. Campus Milenio

La formación de maestros no es una tarea sencilla. Asumir el reto de llevarla a cabo puede resolverse de distintas maneras,  desde la diversidad de intenciones formativas existentes o también desde las múltiples posibilidades de guiar un proceso de aprendizaje. Considerando esos factores, en las siguientes líneas se plantean algunas reflexiones desde lo vivido en una experiencia de formación docente. Esto  con la certeza de que los aprendizajes logrados en su desarrollo tienen mucho que aportar al debate de la formación docente.
El Diplomado “Escuela y comunidad” funcionó del año 2011 al 2014 en algunas zonas de los estados de Chiapas, Guerrero y Yucatán.  En este participaron capacitadores, directores y maestros de primarias y secundarias rurales que trabajan con niños, niñas o jóvenes indígenas. En el tiempo señalado, se llevaron a cabo tres ciclos escolares de formación docente; actualmente se realiza la sistematización de la experiencia. El Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (Inide) de la Universidad Iberoamericana ha promovido todo el proceso; y su funcionamiento ha sido posible gracias al aval y apoyo institucionales de la propia Ibero, y a las donaciones de fundaciones como Kellogg, Sertull, Metlife y Bécalos.
El desarrollo del Diplomado estuvo a cargo de tres equipos de trabajo con presencia permanente en los estados, quienes con lineamientos iniciales y sobre todo con un gran compromiso, asumieron el reto de plantear y recrear un proceso formativo pertinente para su contexto. Como su nombre lo indica, el objetivo principal del Diplomado fue estrechar el vínculo entre la escuela y la comunidad. La búsqueda y planteamiento de los procesos que hicieron viable tal objetivo, se encontraron en el desarrollo de la metodología de educación por proyectos; en el reconocimiento y valoración del territorio, la lengua originaria y el conocimiento propio existentes en las comunidades; así como en poner en el centro al docente como persona, como sujeto, y siempre con un posicionamiento hacia la escuela como a la comunidad.
En el camino la experiencia formativa nos fue mostrando que era posible que los niños, las niñas y los jóvenes podían vivir espacios promovidos desde la escuela por su maestro o maestra, donde el centro de la construcción de aprendizajes estuviera en lo que la comunidad —su comunidad— sabe y guarda como conocimiento vivo de sus pueblos originarios. El anhelo de que en tales espacios de aprendizaje convivan  los saberes comunitarios con los saberes escolares pone en el centro al docente.
Desde sus orígenes el diplomado reconoció la existente desvaloración, discriminación e invisibilización de los saberes comunitarios en los diferentes niveles y modalidades del sistema educativo. Por lo que lograr un vínculo entre la escuela y la comunidad requirió incluir, en el espacio de formación docente, procesos de resignificación y reivindicación de los mismos. Para la experiencia del Diplomado, ello significó promover y desarrollar acciones formativas en las aulas con los niños, las niñas y los jóvenes; y fundamentalmente, generar momentos de reflexión y resignificación en el maestro. Es decir, que además de poner atención en sus prácticas docentes, se reflexionó y trabajó de manera intencionada sobre sus historias y experiencias de vida; identificaron y validaron sus posicionamientos y  recordaron y comprendieron qué entretejió su manera personal de vivir la relación entre la escuela y la comunidad.
Por ello,  al pensar en construir espacios de aprendizaje que estrechen el vínculo entre la escuela y la comunidad puede ser importante que el maestro se encuentre como persona, desde su historia de vida y la búsqueda por hacer consciente y explícito su posicionamiento sobre la comunidad. Pues como bien dicen los compañeros desde su experiencia de trabajo en el sur consideramos que “Para que los estudiantes puedan poner en juego su identidad, es condición necesaria que los docentes pongan en juego la suya. No es posible la voz del otro, sin ofrecer la propia voz” (Bachillerato Popular Roca Negra - Argentina, 2008).
Así, esa manera de vivir el proceso de formación permitió constatar que para transformar las prácticas docentes y lograr que sean cultural y lingüísticamente pertinentes, además de pensar en los espacios donde el maestro acompaña a sus alumnos, hay que pensar también en sus ideas, sus percepciones y sus prácticas personales.  
Natalia Sánchez González
Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (INIDE) de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

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